FOTO: HECTOR VILA
Se estiran los dedos, crujen, y se preparan para descargar el torrente de palabras sobre el teclado. La habitación, de techos altos, tarda en dejarse calentar por un radiador eléctrico, mientras la ventana vieja tirita de frío. En la calle, la nieve de la pasada noche se extiende aún fresca y mullida, la que aún no se ha gastado en crear muñecos o en la guerra fría, la de las bolas. Tras un día así, al periodista le apetece seguir hablando de la nieve. Podría hacerlo, pues nunca nadie le ha restringido en la radio de lo que debe o no hablar, pero esto ya lo ha hecho. Se dice que no puede repetir temas, no volver la vista atrás, no mirar a Eurídice, no ser estatua de sal, o sí, pero sólo si sirve para derretir muñecos de nieve.
Pero maldita sea, esta mañana de enero caminaba exultante por la calle, con la prudencia de unos pies que ya se han adaptado al medio y no resbalan, pero disfrutando del brillo de una ciudad soleada y blanca. Canturreando todo el día divertido, ha hecho un montón de recados, uno de ellos la de su primera visita en meses a la oficina de empleo. Hasta la cola del paro es un gusto así, más aún cuando no ha estado sólo, pues en ella se ha encontrado con un compañero de facultad, flamante guionista en paro. La conversación ha durado las más de cuatro horas de espera, en la que los dos se han contado cómo han llegado a este ese punto. Nada tan dramático, y los dos amigos se ven bien mutuamente y cuando se despiden se emplazan a un café próximo.
El día ha seguido sobre ruedas, con ese excelente humor y las cosas que van saliendo solas. Una buena comida caliente, más gestiones para obtener la prestación, un poco de deporte, una cena con amigos... En estas condiciones no se puede escribir, porque uno no afila el ingenio ni la pluma, porque no puede ni quiere herir ni sangrar, porque se queda blando y pierde la mordida de un periodista, la que le hace husmear, criticar, exponer maldades e injusticias, burlarse de los poderosos y revelar la mentira que huele debajo del traje. Porque sin un poco de mala leche, es difícil preservar la premisa de un periodismo vigilante, activo, incluso beligerante. Al final, el periodista teme convertirse en un lameculos más de periodismo de corta y pega, y decide sacar todo el arsenal: en realidad, la ciudad lo deglute sin la pasión que tenía Kronos por sus hijos, sino como una ballena come el placton, mediante un frio procedimiento de filtrado. El plumilla se sabe plancton, y soso, y tragado por la ballena y escupido de nuevo al mar. Eso está mejor...
Es un comienzo, y puede volver a sentir también en la naúsea navideña que aún le acude a la boca para recordarle las tres semanas de digestiones pensadas, mientras en el telediario le cuentan que en Somalia no habrá más programa de alimentos de la ONU, por culpa de imanes y piratas; se acuerda de que miles de mandatarios de todo el mundo consumieron barbaridades de combustible para ir a Copenhaghe a decirle a la sirenita que pronto será un monumento subacuático; se pone a pensar en que la gran esperanza del mundo es un hombre que recibe el Nobel de la paz justificando la necesidad de la guerra, o en que en África llueven las balas en cualquier paso fronterizo, aunque los destinatarios vayan sólo a jugar un partido de fútbol.
Con su desagradble dosis de realidad atuoadministrada, y una taza de té caliente, el periodista recoge las cenizas de una columna que quiso evitar ser optimista y acaba amarga, rendida ante las evidencias.
Y las manos del periodista, cansadas del monótono tecleo, se rinden antes que los ojos, a quienes las tristes imágenes evocadas, tardarán un rato en dejar dormir.
martes, 12 de enero de 2010
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Sin duda tu mejor columna, pero el llanto que salpicó el teclado te delata. Los periodistas no saben lloran.
ResponderEliminarY ¡Que viva la nieve! Es preferible que el grito rebote en tan blanco horizonte.