martes, 6 de abril de 2010

Gran vía

Es 4 de abril de 1910, y hay una nutrida multitud ante la casa del cura de la Iglesia de San José. Puede que se hayan congregado para no perder detalle del gran proyecto urbanístico que está a punto de comenzar, pero lo más probable es que esta gente, paisanos de un Madrid entre dos épocas, estén ahí ante el insólito hecho de ver a un Borbón empuñar una piqueta de oro. Alfonso de Borbón, a quien la historia ha deparado una numeración supersticiosamente sospechosa, empuña esa herramienta porque aún es pronto para utilizar las tijeras de cortar cintas rojas, con la que el rey gusta de inaugurar y estrenar cosas. Su mano agarra la piqueta con la torpeza del que no la ha utilizado ni para cascar nueces, y el instrumento, normalmente vigoroso, adquiere entre sus dedos la apariencia de un juguete. Pero Alfonso lo que quiere es terminar pronto y que las obras comiencen cuanto antes. Con el pusilánime y escenificado primer golpe del monarca contra la pared del cura desahuciado, se inauguraba la historia de la Gran Vía.

El proyecto, del que los madrileños llevaban oyendo hablar medio siglo y que se había convertido en un chascarrillo de bares y tascas, comienza con un acto de destrucción y no de construcción. Alfonso XIII no estaba poniendo una primera piedra, sino dando un primer martillazo, comenzando la destrucción de un barrio en pos de la gran arteria que la capital necesitaba. A ese primer golpe real, carente de sudor y lleno de aplausos, le siguieron otros miles, millones de impactos de las mazas contra la piedra, doblegando caóticas calles y desvencijados edificios. La Gran Vía nacía con la obligación de ser un símbolo de la entrada de España en la modernidad, de que la pesadilla del siglo anterior había acabado.

Siempre he sentido una conexión especial por este sitio, por sus luces y sus sombras. Es una pequeña babilonia, con todo su esplendor y su vegüenza, con toda su magia y su putrefacción. Todo cabe en esta calle que va perdiendo cines y ganando tiendas y hoteles, desde la fascinación divertida de los turistas al drama diario de los cientos de mujeres que se ven obligadas a prostituirse en sus aceras. Ve uno, cada vez más, desfilar alguna limusina llena de postadolescentes eufóricos y alcoholizados, que si lanzan un vaso de plástico, irá a caer probablemente, a los pies de un mendigo.

Poco importa la hora del día en que se pasee por ella, siempre hay algo que mirar, aunque a menudo de noche se haga todo lo posible por no ser visto. Si luce el sol, uno puede dejarse absorber por las multitudes, aunque bajo la ineludible condena de perder el propio ritmo del paso, que será ahora el de la masa. Si se tiene prisa, deberá hacerse un slalom suicida entre las muchedumbres adormecidas por la sobreestimulación visual, pero si uno no tiene miedo a diluir sus intenciones y dejarse arrastrar por el impulso colectivo, encontrará siempre algo, una respuesta de la Gran Vía para el que ha dejado de buscar.

Desde arriba, desde las hermosas cornisas llenas de alegorías masónicas y de alusiones escultóricas al poder, al dinero y al poder del dinero, la Gran Vía adquiere un cariz muy distinto. Desde allá, donde reposan los símbolos de los nuevos templos que se erigieron en esta calle loca, los viandantes, entregados con pasión a sus tareas, parecen insignificantes. En este punto, el afortunado en la azotea no se siente rey sobre los otros, sino que mira al cielo, que en Madrid siempre es peligrosamente hermoso y mira caer el sol, una vez más por la gran vía.

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