martes, 11 de mayo de 2010

El Público Parte 1. Público cuántico


Con su permiso, queridos lectores y oyentes, vamos a ponernos un poquito cuánticos. En 1801, Thomas Young realizó un experimento para ver como se comportaban la luz al pasar por dos rendijas paralelas. El resultado, sorprendente, es que en la pared del fondo, donde llegaba la onda lumínica filtrada por ambas franjas, no mostraba dos barras de luz, sino muchas, más intensas en el centro, y más difusas a los lados. La materia no modifica su trayectoria, pero las ondas se interfieren a sí mismas, y se desvían. Si todo esto aún les suena a húngaro, o si lo entienden, pero les gusta ver los argumentos de una forma más visual, miren el mar y sus olas, y cómo unas desvían a otras, hasta acariciarnos los pies y hundirlos en la arena.

Volviendo al frío y aséptico laboratorio, este experimento fue posteriormente desarrollado por los físicos cuánticos para comprobar que los electrones, lanzados por el mismo mecanismo de doble rendija, se comportaban como ondas, es decir, teñían la pared de destino con una serie de varias franjas paralelas de electrones. La materia, por tanto, aunque fuera en una de sus más pequeñas formas, jugaba a ser onda.
Wheeler, allá por el año 78, intentó inspeccionar minuciosamente cómo se producía el paso de los electrones lanzados por las rendijas, en lugar de atender al fondo de la pared, que ya conocía. Lo sorprendente es que los electrones, al ser observados, al tener métodos precisos de medición pendientes de su paso, dejaron de comportarse como ondas y volvieron a ser a materia, lanzados frontalmente a través de las rendijas, dejando en la pared el rastro de dos franjas paralelas. Vamos, que los electrones se comportaban de una manera al no ser estudiados, y de otra al pasar por el filtro de un observador externo.
Para los que no somos físicos cuánticos, las preguntas ante este hecho nos salen a borbotones ¿Y cómo sabe el electrón que lo espían? ¿Y por qué, si se sabe mirado, se comporta como materia? ¿Acaso le avergüenzan o le cohíben o le presionan los físicos locos de bata blanca? ¿Quizás hace un alarde con intención de hacerse el interesante? Tonterías cuánticas aparte, es inevitable pensar que la ciencia, con su discurso tan a menudo totalitario, es más un generador de preguntas que una fuente de respuestas.
La validez de todo experimento está en entredicho porque el observador vicia con su mirada el transcurso de la naturaleza.
Y yo, que siempre he sido muy respetuoso con la intimidad de mis electrones, veo confirmadas mis teorías más pueriles sobre mi influencia como espectador, como por ejemplo que mi equipo de fútbol palmaba si yo no veía el partido, o que la luz de la nevera permanece apagada cuando está cerrada. En este punto siempre habrá algún listo que me diga que hay un mecanismo que la apaga con la puerta. Pero si un electrón se condiciona y no actúa igual si es observado, qué no le pasará a una puerta de nevera, molecularmente más compleja, o a un ser humano.
Preguntaos ahora, hombres y mujeres, sí vosotros actuáis igual al saberos vigilados, controlados, o incluso rodeados de amigos, hermanos, amores o padres. El otro, el ojo implacable que observa, siempre influye, porque moldea con su rayo lo que mira, y más aún, puesto que luego siempre tiene la osadía de contarlo, de decirle a un tercero que tú, electrón, measte fuera del tiesto. El ojo que cambia lo que ve, la lengua que traiciona el relato del ojo, y nosotros que no debiéramos sino callar y no ver ni oír nada, abrimos los párpados con avidez de cambio, y la boca para no enfrentarnos al silencio, lo que más teme el oído.
Algo pasa: lo miras, lo cambias, lo memorizas mal, lo cuentas peor y, sin embargo de allí has sacado tus conclusiones del mundo. Mirar, ser testigo y portavoz de lo que ocurre es el centro de la profesión periodística. Por descontado, cambiamos lo que vemos y lo que vemos no es ni la mitad de lo que ocurre. Tenedlo en cuenta la próxima vez que os caiga un periódico entre las manos, acordaos de los electrones.

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