martes, 25 de mayo de 2010

El público y su presencia (y II)



En el sur de Italia, por razones que no es necesario recordar, se acuñó la frase "Non vedo, non sento, non parlo". Ciegos, sordos y cojos, a sus habitantes les ha servido para proteger, la mayoría de las veces, sus vidas, expuestas por la amenaza de los que se esconden tras este secreto ficticio para matar. Pero claro, por mucho que la Omertá selle los labios, párpados y orejas, es inevitable que uno vea, que uno oiga, y, aunque sólo sea el más valiente o inconsciente o el más harto, acabe hablando. Ser testigo es algo no elegido, un regalo envenenado que nos da la casualidad o el destino. Ser testigo, salvo en los contratos y en las bodas, no se elige, y uno deberá vivir inevitablemente con eso que ha visto, ya sea una mano que desliza una chocolatina furtiva al bolsillo en el supermercado, a la novia de un amigo del brazo de otro o como le descerrajan quince tiros a alguien que rompió alguna vez esa losa de silencio.


Y el testigo, si lo que ve no es prohibido ni peligroso o puede mirarlo desde una posición segura sin miedo a ser descubierto, se convierte en público, en la parte final necesaria que completa el acto que contempla. Y una vez que se es público, uno se sumerge profundamente en lo que observa, y se proyecta a sí mismo en la imagen, y se diluye como azúcar en café con leche. El público es una masa, a veces unicelular que devora con pasión cualquier espectáculo, aunque se aburra y bostece o dé un recital de toses expectorantes justo antes de que comience el show. Poco importa que lo que se ofrezca a este ojo colectivo, desde un edificio que se construye en un solar, a un partido de fútbol, pasando por supuesto por las muy diiversas salas donde viven (a veces encerrados, a cal y a canto) el teatro, la danza o la ópera.



Ese mirar deliberado, ese sentarse a observar, es algo tan intrínseco a la naturaleza humana que es fácil intuir como surgió está práctica. Seguramente, uno de esos homínidos cuyos cráneos miden y estudian los paleontólogos, fue el primero en hacer algo, mientras que otro, movido por esa primera invención y su consiguiente primer acto, inventó eso de ser público, que en un principio no exigía más que la presencia y la atención. Después, el acto de presenciar algo, se fue haciendo más complejo conforme se iban añadiendo florituras a eso que se quería observar. De nuevo en nuestra hipótesis prehistórica, uno de estos hombres paleolíticos, contó a los otros una anécdota especial, divertida o emocionante, y arrancó risas o suspiros de admiración, y el teatro nació al albor de lo que ambos, protopúblico y protoactor, sintieron en ese momento. Desde ese momento, esa condición de espectador sería una constante en todas las culturas humanas, todas ávidas de ver, de que los cuenten, de contar, y los momentos e imágenes observadas pasaron a formar una parte de las vidas de esos que, juntos, formaron un público.  
El público, como todo colectivo humano libre, es impredecible y cruel, y se mueve por normas que sólo son  lógicas a posteriori, derivando en sentimientos que rebasan a cada uno de los individuos que lo forman. Ya hablaremos con más calma de cuán lejos pueden llegar esas reacciones pero, de momento, lo único que nos queda claro, es que cuando comienza el espectáculo, nosotros, públicos y públicas nos convertimos en niños, en mapas vírgenes por escribir, y caemos bajo el hechizo del que mira, del que sólo saldremos cuando se enciendan las luces o se disuelva la multitud. Después, lo demás será silencio.


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