No sé en que momento de la historia empezó a ser así, pero lo cierto es que en un punto, el pueblo se convirtió en público. Quizás nunca existió. No se materializó aquí, en la caverna, esa idea, la de pueblo. En todo caso, y dejando el pasado, el pueblo ahora es público y la ciudadanía, audiencia. Puede sonar apocalíptico, pero no se preocupen, hermanos, que el sistema aprieta, pero no ahoga. Como audiencia, tenemos derechos, y toda una serie de mecanismos para expresarnos y modificar el transcurso del espectáculo que se nos endosa. Véanse si no la multiplicidad de canales para expresar nuestras protestas, dudas, ruegos o alabanzas. Vote en la página online de nuestra cadena si Francisco Camps debe dimitir o no, mande sms con Zapatero-dimisión espacio y su opinión en nuestro debate al 0100, o llame a un 902 nada barato para que podamos destripar sus intimidades por la tele. Todo seguido de un amabilísimo: nos interesa su opinión.
La televisión tiene y ha tenido tanto éxito porque es un medio que requiere de poco por parte del espectador. Envía constantes mensajes, y produce un estado de concentración en el que lo mira, aunque ni siquiera le interese lo que se muestra en ella. La utilizamos como ese sedante que nos anule el pensamiento, ese aliado que a menudo se vuelve contra nosotros. Decían los agoreros que la televisión moriría con los nuevos formatos, y resulta que ha sucedido todo lo contrario. La pantalla te persigue, y con ella la fascinación innata por la imagen en movimiento. Muchas vidas en una, pero ninguna la vives tú, la sientes tú, la experimentas más allá de tus ojos y oídos. Y entre medias, aparece entre el espectador la falsa sensación de que interviene, de que extiende su vida más allá del cristal o pantalla de plasma.
Nada más lejos de mi intención el erigirme como ajeno, pues soy el primero en reconocer que pertenezco a eso que llamo el público idiota. El problema es cuando la esfera pública se colapsa de mensajes idiotas por parte de los medios y de feedbacks aún más idiotas por parte de la audiencia. Decía Marías en su artículo del último domingo que todo este paripé mediático anula el debate real sobre problemas reales, y su resolución dentro de los ámbitos políticos. Le pasma a Javier que toda esa energía no se emplee en desalojar infames del poder o impedir sus políticas infames, pero parte de una fe en nuestro sistema representativo que resulta dificil de compartir.
Ser público conlleva un poder del que muchas veces no somos conscientes, y si no que se lo pregunten a grandes maestros de la lírica que han sido abucheados en la Scala o a las muchas guerras que han empezado tras eventos deportivos (en el Imperio Romano, por ejemplo). Hemos perdido poder como pueblo, como ciudadanía a la que torean los políticos, generando un desencanto masivo, pero es triste que no utilicemos nuestras armas como público. A fin de cuentas, ellos, los que nos ofrecen el show, saben que todo su negocio se sustenta en nuestra presencia como público. No consumimos medios, somos sus clientes. A ver en que momento dejamos de ser público idiota.
N.B. Esta columna no tiene absolutamente nada que ver con los millones de agujeros en la trama de Lost ni su ridículo desenlace.

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