Decía Ortega que había dos grandes escuelas básicas en la filosofía occidental: la grecolatina y la germano-sajona, y que los postulados de una y otra tenían mucho que ver con el modo de sociedades en las que se desarrollaban. Así, la filosofía grecolatina parte del “Conócete a ti mismo” de Sócrates. Tiene sentido en la Grecia clásica, donde el Ágora es el epicentro de todo, el debate es constante y las estructuras sociales están basadas en lo colectivo. Es, por tanto, tarea del filósofo, investigar hacia dentro: el viaje hacia el conocimiento se inicia fuera, en un mundo social que es imposible no dar por hecho. Por el contrario, Ortega habla de la escuela del norte de Europa y del planteamiento cartesiano “Pienso, luego existo”. En este caso el primer movimiento filosófico es el de descubrir el mundo a partir del individuo. Se puede dudar de todo, menos de la duda en sí, y al existir una duda, existe alguien que la formula. Sólo después podrá tratarse la problemática social, que está fuera y, por tanto, corresponde a aquello de lo que se dudaba en un principio.
Y nosotros, prole mediterránea, incluidos los que nos separamos por 500 kilómetros del mar que nos trajo nuestra cultura, parecemos encajar perfectamente en el modelo socrático de pensamiento. Vivimos hacia fuera, de cara a la calle, en torno a los amigos, con un ansia exagerada de socialización y la necesidad imperiosa de contar a los demás lo que nos quema dentro. Siempre que hablamos, pretendemos influir en el otro, convencerle, hacernos comprender, o quizá sólo escuchar. Somos herederos del Ágora clásica, aunque esta se estuviera pervirtiendo y convirtiendo en un circo peligroso y maniqueo. El debate público parecía reducido ya sólo a lo lúdico, a lo festivo, y parecíamos sólo reunirnos en una dionisíaca celebración de la vida que desde fuera miraban con envidia y desdén simultáneos.
Y de repente, un día, todo cambió. Se acampó en las ágoras y se reivindicaron las plazas como centros de debate ciudadano, y gentes de muy distinta condición se hablaron los unos a los otros y lo que es más importante, se escucharon los unos a los otros. Y comprendieron que estar en desacuerdo no implica estar enfrentado, ni furioso, ni tomado por la rabia. Miles de años después, el Ágora volvió a ser lo que fue.
No puedo saber si toda esta fiebre asamblearia, si esta preocupación por la Res Pública durará. Es imposible imaginar el alcance de todo esto cuando, algún día, las improvisadas jaimas se levanten de nuestras plazas y desaparezcan los puntos fijos de referencia de todo este movimiento del 15m. Si se consigue alguno de los objetivos que ha llevado a toda esa gente a pasarse más de dos semanas de duro trabajo voluntario en condiciones por lo menos adversas está por ver. En todo caso, ya es una victoria ver a corrillos ciudadanos en los que se habla de política sin crispación, de economía sin intereses directos, de empleo sin populismo, o de medio ambiente sin hipocresía. Lo más importante es el nacimiento de esta nueva ciudadanía deliberativa, dialogadora y activa, dispuesta a reivindicar sus espacios, que parecían haberse convertido sólo en comerciales.
En algunos despachos, o en casi todos, los políticos están entre el temor y el desconcierto. Aquellos que gritaban en Génova que la democracia es una impecable victoria electoral y no lo que se estaba llevando a cabo en sol, se equivocan radicalmente. Una cosa no niega a la otra, y cuanta ciudadanía ha participado en las asambleas y grupos de trabajo espontáneos no pretenden eliminar el estado, sino hacerlo un poco más justo, un poco más participativo y mucho más transparente. Las plazas son del pueblo, siempre lo fueron, y es de las plazas de quien salen todos esos que hoy habitan palacios y hablan, opinan y actúan por el pueblo. Como decía John Locke, para nada sospechoso de rojo o perroflauta, sino más bien padre del liberalismo, la fuerza está siempre del lado de los gobernados. Porque, entre otras cosas, siempre serán mucho más que los que los gobiernan.

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