viernes, 13 de mayo de 2011

¿Y el silencio?

Hubo un tiempo en que el silencio era mucho más que la ausencia de sonido. Zumbaban los insectos alrededor de una higuera, las ovejas balaban, el viento silbaba entre las ramas, y sin embargo el pastor, adormilándose a la sombra del árbol, percibía un silencio. O al menos era un silencio humano, un remanso sin palabras ajenas, escritas o habladas, invadiendo su pensamiento. De repente un día, ese pastor, pudo leer, y sus silencios se vieron interrumpidos por el pensamiento y las palabras de otros. Después, ese pastor llegaba a casa, y el silencio era, por ejemplo, el chasquido que hacían las agujas de tejer de su mujer y el fuego crepitando en la chimenea. Luego alguien ideó el teléfono, la radio, la televisión y, en un alarde de genialidad comunicativa, internet.  En ese momento, el silencio se convirtió en algo tan literal que asustaba, como si una especie de maraña de palabras, imágenes y demás ruidos inundase nuestras almas y tuviéramos, de repente, una incapacidad preocupante para escucharnos a nosotros mismos.

Hoy vivimos en una sociedad hiperestimulada, que confunde ser con estar, hacer con ser, plagiar con decir, lo íntimo con lo privado y lo privado con lo público. Y nosotros corremos como pollos sin cabeza, intercalando como podemos los balbuceos en los que se ha convertido nuestra actividad neuronal.  Tu mejor idea del día será, según esta nueva forma de vivir que, según parece, no es opcional, un trending topic en twitter o un top news en Facebook, y tu ego se relamerá de gusto cada vez que alguien diga que le gusta tu foto o tu estado. Entretanto, la vida de fuera, esa que no tiene ni imagen de perfil ni chat, sigue latiendo. En arrebatos, nos levantamos de la máquina y vivimos un poco, siempre impacientes por llegar a casa y actualizar. Porque a fin de cuentas, además de mucha información (tanta que es improcesable y frena el desarrollo de un pensamiento propio), esta nueva sociedad propone un exhibicionismo total: no vale con que seas feliz, o atractiva, o mariachi: es mucho más importante que los demás lo vean, que lo comenten, que hablen de ti.
Y el silencio, ese que envolvía a los enamorados horas mientras se miraban a los ojos, ese silencio de monjes y pastores trabajando, el silencio del mar con sus olas rompiendo, queda ahora como un regalo, pues los insectos aún zumban, y el viento silba, y las ovejas balan, y están ofreciendo sus melodías para producir el vacío en que nosotros tejeremos los pensamientos, una vez cerremos sesión, apaguemos la pantalla, y salgamos a que nos dé el aire y se nos cruce una sonrisa en vivo que nos saque un poco de esta soledad heredada. 

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