Entre las palabras y su verdad hay siempre un salto, un abismo que media entre lo que pretenden decir y lo que finalmente dicen. Hablar, ya lo hemos dicho otras veces, es siempre exponerse un poco más, desnudarse, comprometerse pero, al mismo tiempo, todo discurso es una forma de vestir algo que, al menos en origen es más puro.
Vaya, quizás no me haya expresado bien. Quizás sólo esté metiéndoos a vosotros la maraña de palabras que bailan dentro de mi cráneo, luchando por salir, tratando tan inútil como insistentemente de encontrar soluciones, respuestas, acaso sólo de plantear preguntas. Porque a fin de cuentas, las cosas que de verdad te importan y hacen que tú seas tú, que te enamores, que seas de tal o cual equipo, que creas o no en Dios o que se te conmuevan hasta los pelos del cogote ante una obra de arte, no caben ni en lo hablado ni en los escrito, por muchos miles de años que llevamos cantándole a todas esas cosas en prosa, verso, drama o ensayo. Todo intento de hablar de ello se convierte en un balbuceo, en ocasiones tan hermoso que nos emociona en lo más íntimo, pero que no deja de ser un intento de vaciar un lago bebiendo vasos de agua. Por grandes que sean tus empeños, tu sed y tu apasionada insistencia, ni tu ni ningún otro puede beberse todo el lago.
Vivimos en una sociedad donde, se supone, deberíamos ser capaces de expresar nuestras preocupaciones, tanto individuales como sociales, con razonable claridad. MMM, interesante vocablo este con el que he tropezado: razonable. Sí, he aquí uno de los pilares básicos de toda sociedad moderna: La razonabilidad, la racionalidad, el cerebro en el centro del universo, la lógica como motor y combustible de un mundo cuya verdad, se supone, ha de caer por su propio peso.
El problema es que, ni nos han dado los recursos para poder expresar y construir un verdadero pensamiento racional, ni nos han permitido vivir escuchando a todo ese grupo de sentimientos y pasiones que no necesitan, ni quieren, ni pueden ser explicadas, o que al hacerlo se mueren un poco, como si a una cara le robaran el ancla de la nariz. Esto es así por la sencilla razón de que una lógica demasiado desarrollada conlleva individuos críticos, y por tanto peligrosos (todo país se guarda mucho de tener un número máximo de este tipo, por otra parte necesario). Pero tampoco le interesa al sistema crear individuos apasionados e irracionales, de esos que, irreflexivamente, puedan suponer también un problema.
Y la palabra, que en realidad debiera acercarnos a la verdad que nos debía hacer libres, se convierte en una zanahoria atada a un palo, en una celada que nos mantiene presos en los estrechos márgenes de lo razonablemente correcto. Dicho esto, por hoy callo.
"todo discurso es una forma de vestir algo que, al menos en origen es más puro."
ResponderEliminarRealmente genial. Y la verdad, yo prefiero ser una individua "apasionada e irracional".
Un saludo!