miércoles, 9 de diciembre de 2009

Knocking on the Congress (Open) Doors



Winston Churchill decía que, en democracia, si alguien llama a tu puerta a las seis de la mañana, sólo debe ser el lechero. Versionando este precepto democrático, si hay una cola de varios kilómetros bajo la lluvia, sus integrantes deben estar esperando para visitar su parlamento. Madrid era ese lunes 7 de Diciembre una ciudad inhóspita, a medio gas por el puente y pasada por agua fría, lo que no impidió que una marabunta humana empezara a hacer cola desde las seis de la mañana por el mero placer de conocer las tripas del Congreso.

¡Qué fervor parlamentario! ¡Que constitucionalismo indoblegable! Los niños, vestidos como monaguillos en galas de domingo, apuraban sus zumos y preguntaban a sus padres cuanto faltaba para entrar. Los más ingeniosos o previsores llevaban taburetes plegables y recibían con indiferencia la envidia del resto, que los tachaban, por cómodos, de demócratas de segunda.
Los demás, la inmensa mayoría, aguantó con paciencia religiosa el chaparrón a la espera de visitar escaños, bancadas, tribuna y hemiciclo, fisgar tapicerías y mobiliario o buscar los tiros del 23F. Sin ánimo de ofender, la jornada de puertas abiertas es la forma más honrada y admirable de entrar al Congreso, si excluimos al personal de limpieza y mantenimiento, claro está.
Porque en un día así, los escaños se llenan de bromas, de debate político natural e incontrolable y de recuerdos forjados a golpe de telediario. El problema tanto entusiasmo ciudadano es que aleja el debate de un asunto que está por resolver: la escasa representatividad del parlamentarismo español. La ley electoral concede escaños de una manera injusta con la cuestionable explicación de favorecer mayorías y estabilizar el sistema político, al tiempo que existe una nula conexión entre el diputado y los votantes de la región que le ha otorgado el escaño.
¿Y a quién reclamar cuando una decisión parlamentaria lo atañe a uno? En Reino Unido, puedes escribir a tu parlamentario, y en Estados Unidos, a tu congresista. Aquí no, y el apaño del Senado como cámara de representación territorial es creíble sólo a medias. Al ciudadano le queda un vacío con respecto del poder político insalvable, que no puede llenarse simplemente con hacerle partícipe del edificio, sino de lo que en él transcurre. Las más de 19.000 personas, madrileñas o turistas, que se acercaron a la Carrera de San Jerónimo, demuestran cariño y respeto por una institución que, con defectos y virtudes, simboliza la democracia en un país que aún recuerda la dictadura. A veces se agradecería el mismo respeto por parte de los Señores Diputados.
Los leones del congreso, como son anarquistas, estos días los viven con paciencia y resignación. Si no fueran de bronce, se irían de puente, como todo el mundo.


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