martes, 1 de diciembre de 2009

LA GUERRA DE TROYA SE JUEGA HOY CON LOS PIES



El fútbol es un reducto de épica en el corazón de una sociedad que, en honor a la razón, ha sacrificado a sus mitos o quizás los ha desgastado de tanto imprimirlos en camisetas. El tema central de los poemas homéricos, del Mio Cid, de la Chançon de Roldán o del Beowulf nórdico era la guerra, y cómo el héroe se sobreponía a ella y se elevaba sobre los demás a base de un honor modelado a espadazos. Los tiempos han cambiado y hoy la guerra está desprovista de cualquier romanticismo posible, por cruel que este fuera. No hay más que atender a cómo los medios narran los conflictos armados, como si estos pudieran explicarse o comprenderse por la mera yuxtaposición de cifras y acontecimientos. El Cantar de Mio Cid sería muy distinto si el juglar fuera empotrado en los batallones como hacen tantos periodistas en Irak o Afganistán.
Así, la guerra se nos presenta desprovista de emoción y, en el raro caso de que el discurso pueda embellecerse con los valores que la sustentan, estos nunca se presentan en la línea de frente, sino en los delicados labios bien afeitados del político ordenante de la acción bélica en cuestión.

Y nosotros, que a pesar de todo lo que hemos cambiado como civilización, seguimos siendo la misma especie con los mismos miedos, necesidades y esperanzas, buscamos desesperadamente una leyenda a la que agarrarnos, algo que nos devuelva el pasado mítico que explicaba la realidad a los antiguos. Las propuestas de los mitos modernos son casi infinitas y van desde la fascinación por el mundo de las estrellas del cine a la imagen del Che Guevara mirando al infinito con su boina ladeada, pero nada ha llenado ese ansia de épica como el deporte, y no hay deporte más primario que el fútbol.
La información deportiva cumple a la perfección todas las características de la épica clásica, con un discurso que apela al corazón del espectador, que recupera temporalmente esa misma sensación de campesino que escucha al juglar en la plaza del pueblo. Los epítetos, los cambios de ritmo, la exageración y el dramatismo se despliegan para transmitir esa emoción de los gladiadores modernos, que se hacen la manicura y llevan vaqueros que valen el sueldo de un mes.
Messi, como Aquiles reentrando en batalla y Cristiano Ronaldo, que como Héctor asume su destino, sea cual sea, y los dos que ignoran que no serán los héroes del poema del Camp Nou. Porque Troya no caerá por la fuerza, sino por la inteligencia de Iniesta, nuestro Ulises, que preparó el campo de batalla para que Ibrahimovich, una suerte de Ayax, fulmine al enemigo.
Fuera de la que sucede estrictamente sobre el césped, al fútbol también lo rodean otras circunstancias, como la política. Si el Barça siempre ha sido el símbolo de Catalunya y el Camp Nou el primer sitio donde las senyeras podían exhibirse sin miedo a ser detenido, el Madrid ha sido siempre la personificación del poder del centro sobre todas las periferias posibles, de hecho se llama Real. El domingo, en el Camp Nou, algunos quisieron ver un gran gol de un sueco contra el recurso de inconstitucionalidad contra el estatut, pero no fue más que eso, un gol; y para los jueces, que deliberan desde Madrid si éste cabe en la constitución, no tendrá más valor que el poético editorial que todas las cabeceras catalanas compartieron la semana pasada.
Al final, recortar el Estatuto catalán en el Constitucional, supondría aumentar un brecha entre dos ciudades que son más hermanas de lo que ellas mismas creen, por mucho que sus gladiadores representen, al menos dos veces al año, el gran circo de la batalla épica.

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