martes, 22 de diciembre de 2009
Nine below zero
El otoño, sin duda la estación que mejor le sienta a Madrid y su Retiro, ha dejado paso a un invierno que se presenta inclemente. La ciudad se despertó ayer cubierta por un manto de nieve que, sigilosamente, se había dejado caer por la noche, y el frío se recibía en forma de bofetada en la cara de los madrileños según estos ponían un pie en la calle. Después, comenzaba el estrafalario desfile de caminares absurdos, fruto de la urgencia del horario combinado con las calles cubiertas de hielo y nieve. Así, ya fueran perfectamente trajeados o cubiertos con cualquier trapo adicional que hubiera en casa, los viandantes caminaban con toda la planta y cara de miedo, cuando no resbalaban, echando a perder el pantalón limpio a primera hora.
La primera impresión que le cruza a uno la cabeza ante la visión de tan cómica danza matutina es que, definitivamente, no estamos equipados contra este frío; ni física, ni tecnológica, ni emocionalmente. Con los músculos en tensión continua y la mandíbula apretada, se hace de tripas corazón y se alcanza el coche, el autobús o el metro rápido, pues el mercurio no invita al paseo. Los optimistas, esos imbéciles adorables cuyas filas todos hemos engordado alguna vez, admiran los bonito del decorado blanco o se divierten lanzando bolas de nieve.
Los coches patinan, las aceras se van llenando de agua embarrada, y tras el colapso inicial, las calles empiezan a hacerse a la nueva circunstancia. La circulación ayer, tras los atascos colosales en los accesos en hora punta, fue bastante buena dada la época del año, y los madrileños, fueron, poco a poco y mecidos por la ola siberiana, logrando sus objetivos. Ya a la hora del café, a salvo del gélido exterior, probablemente más de uno recordaba las estampas que le había dejado el día.
Siempre me ha sorprendido la capacidad que tiene la naturaleza de demostrar su presencia, casi como una amenaza, como una reacción lógica y cruel de su orgullo herido. De repente, en la acera más concurrida de Madrid, un brote de hierba aparece milagrosamente entre dos adoquines. Sin espacio, sin hueco, sin tierra ni nutrientes, crece. O el río recuerda que es un río, por mucho que el Alcalde quiera convertirlo en un resort y se desborda a la altura de las obras de la M30. La nieve ayer era una victoria parcial de la tierra sobre sus parásitos, que son los mismos que creen poder doblegarla.
El asfalto, el metal y la piedra son más adaptables: la nieve les sienta bien. El Prado parecía un palacio encantando; a Neptuno daban ganas de echarle una manta encima y Colón, aún cubierto de lona, y mucho más cerca del suelo de lo que estaba, coronaba su glorieta, hoy blanca. Mientras tanto, los transeúntes farfullaban juramentos a sus bufandas y daban saltitos mientras esperan al semáforo en verde. Todos ellos forman la dinámica imparable de la máquina urbana, a la que el frío adormece, pero no detiene
Sonny Boy Williamson II Nine Below Zero
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