En la serie de cómics de Sandman, la genial novela gráfica de Neil Gailman, Destino es representado por un monje frío que camina leyendo un libro. Frente a él, siempre se abren infinitos caminos, pero tras él, sólo hay uno. Es una forma de decir que el destino sólo es en pasado, aunque a veces amague con revelarnos el próximo capítulo del libro. Frente a lo inapelable de un futuro ya escrito, el libre albedrío se presenta como una excusa teológica impecable que viene a alegar que el mal está en el hombre y el bien en Dios. El problema es que hace tiempo que Dios no rige, no reina, no exige y vive sólo para quien le acepta como Señor del Universo o Universo en sí mismo.
Derribada la ley Natural por la mano del Estado de Derecho, el pecado se convierte en delito y el impío, en delincuente, pero el concepto del libre albedrío permanece intacto. Eres libre de elegir cumplir la ley o no, y de sufrir las consecuencias en el caso de no hacerlo. No es necesario que temas a las llamas del Infierno, porque allí abajo no tenemos jurisdicción. Lo que sí tenemos es un sistema judicial, lento y doloso, pero con garantías para los delincuentes y una cárcel donde puedes pudrirte o reengancharte en una sociedad que en el fondo no te quiere.
Toda esta reflexión me viene a propósito de la enésima detención de “El Rafita”, a quien el diminutivo se le queda ya pequeño. Fue la semana pasada en la calle de la Peseta, en el PAU de Carabanchel, por haber robado un coche junto a sus compinches. El Rafita tiene sólo veinte años, pero saltó a la fama tristemente en el 2003 cuando violó, atropelló y quemó viva a Sandra Palo, una joven con problemas mentales. El caso, por brutal y descarnado, llamó poderosamente la atención de la opinión pública, que pronto abrió el debate sobre la conveniencia de reformar la ley del menor para que él rafita pudiera tener cárcel como un adulto. Tras recorrer reformatorios, el Rafita delinquió en repetidas ocasiones mientras los padres de la víctima comenzaban su campaña para extender la edad penal.
Hay dos grandes referentes en la historia de nuestra aún joven democracia en lo que a menores delincuentes se refiere. “El Vaquilla” ya desde pequeño robaba de forma habitual y era famoso por conducir a toda velocidad en un coche sobre almohadones y con zancos, pues no daba la talla para ponerse al volante. Su vida, desde el nacimiento ligada a la delincuencia, se convirtió pronto en leyenda, y pasó a la cultura popular como un Robin Hood gitano, un delincuente con buen fondo. Pese a hacerse abogado en la cárcel y sus intentos de dejar la droga, “El Vaquilla”, que ingresó por primera vez en prisión con quince años, pese a ser ilegal, murió encerrado en 2003, de cirrosis.
El otro caso, el de “El Pera”, pese a ser menos famoso, es aún más apasionante. Criado en una barriada de Getafe, desde los 6 años empezó a robar, y a los 9 ya atracaba bancos con las armas descargadas. Era un auténtico as del volante y sus persecuciones han pasado a la historia como si fuera un Steve Mcqueen preadolescente. La Ciudad de los Muchachos, un centro para chicos problemáticos fue su salvación. “El Pera” dejó el crimen y se limitó a hacer lo que mejor sabía: conducir. Unos años después, ya con permiso de circulación, ganó el Campeonato de España de Fórmula Renault.
Actualmente trabaja en la Ciudad de los Muchachos, ayudando a los que fueron cómo él y además imparte cursos de conducción extrema para que las fuerzas del orden, sus antiguos enemigos, puedan capturar a los fugados. “El Pera” no es un santo, ni pretende serlo, pero encontró algo útil que hacer con su vida. Tuvo una segunda oportunidad y la aprovechó. Sin duda “El Rafita” es distinto: más siniestro, más implacable, con una muerte inocente ya a la espalda. Pero si se reforma la ley del menor y un chico de catorce años puede ir a la cárcel, no habrá más casos como el del Pera, y me temo que la prisión no reformará a un chico capaz de convertirse en monstruo, sino más bien devolverle a la sociedad un asesino más viejo, más experto y más furioso.
El destino siempre estará en manos nuestras, pero las cartas que vienen de mano, no son siempre las mismas.
Grande Don Gerardo.
ResponderEliminarLa explicación es obvia:El jardín de los senderos que se bifurcan es una imágen incompleta, pero no falsa, del universo. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas la posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravezar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma...
Siga escribiendo así.
Costas