martes, 23 de marzo de 2010

Alegoría del poder


Llevo ya unos meses escribiendo sobre la ciudad que me mata y embelesa a diario y, echando la vista atrás, me he dado cuenta de que estas líneas, estas calles cortadas, han abusado de la política en su temática. Maldita sea, me digo, yo no quería hablar de esto. Pretendía que mis palabras sirvieran para ilustrar otra óptica de la ciudad, de la región. Acercaros un Madrid genuino, propio, subjetivo, real y, sin embargo, cada semana un nuevo ciclón político (que nunca es tan grave en realidad) me arrastra a pronunciarme sobre un Madrid que conozco menos y que es menos genuino y menos real: el Madrid de los despachos, ese donde se estrechan manos bien arregladas para cerrar acuerdos de calado, desde donde se dirigen las líneas maestras de políticas y economías, y donde lo importante ocurre a oscuras pero se sella en público con una amplia sonrisa regalada a los flashes.
Me molesta ser absorbido por esas intrigas y miserias, pero empiezan a parecerme tan obvias y tan escasas las consecuencias que acarrean, que me veo ineludiblemente imbuido de la quijotesca necesidad de gritar en el desierto. Pidiéndoos disculpas por la insistencia, prometiéndoos que volverán las calles y sus gentes a ser protagonistas, ese Madrid de corbatas, requerirá también esta columna, aunque sea de forma alegórica.
Una vez más, con la insistencia de Sísifo, empujaré mis palabras hacia la cima, en la que, da igual la montaña que sea, sólo cabe uno. Desde allí, desde la cima, se pierde la noción del mundo, que pasa a convertirse en un paisaje, lejanamente emparentado con la realidad que experimenta el Señor de la Cumbre. A su alrededor, pero siempre más bajos, siempre a una distancia prudencial de la cima, están los subalternos, esos para quien el mundo también está lejos y que viven cegados por la luz. Los subalternos anhelan el puesto del Señor de la Cumbre, y éste lo sabe y por eso administra cuidadosamente sus recompensas y castigos, su confianza y su favor. Si el subalterno es lo suficientemente tenaz y obediente y si sabe lidiar con la desconfianza del señor y sus compañeros, quizás un día le llegue el turno de ocupar la soledad de la cima. Pero si comete un error, aunque sea por accidente, será empujado sin miramientos montaña abajo, y nadie lo echará en falta
De nuevo pido disculpas, lector, oyente, por perderme en alegorías. Sólo pretendo hablar de esa precariedad del poder, de su vulnerabilidad, de su paranoia, de su traición constante. Traición, como la de Tony Blair a su dobermann Gordon Brown, como la de Felipe González a Alfonso Guerra, como la de Zapatero al pobre Caldera, que fue un amigo fiel pero nunca será popular. Es ese momento en que el líder se deshace del lastre, antes de que su peso le haga hundirse, porque el poder se debe principalmente a sí mismo. Todo esto me viene a la cabeza al ver a Juan José Güemes presentar su dimisión como Consejero de Sanidad. Él ha alegado razones personales. En los medios se especula con que su relación con Esperanza Aguirre, antes muy estrecha, se ha deteriorado. Lo cierto es que la tormenta política sobrevolaba hace ya tiempo a Güemes, yerno del mismísimo Carlos Fabra. Su caída, sea un empujón ajeno o un salto propio para autoprotegerse, es un símbolo de lo frágil de toda condición humana. Pero no suframos por él, tiene ya un buen puesto asegurado en la empresa privada. Una mano lava la otra y las dos lavan la cara.   

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