Pagar impuestos es una putada. A nivel personal, casi todo el mundo está de acuerdo con este supuesto. Pero claro, si uno hace ese ejercicio de empatía social que supone la democracia, comprende que, sin esos impuestos, el chiringuito no acabaría de funcionar. Toda actividad económica está o debería estar sometida al gravamen fiscal del Estado, que se lleva su parte de cara a su autoabastecimiento y el mantenimiento de los servicios para sus ciudadanos. (Que palabra más graciosa, gravamen. Repítalo en sus casas, como un mantra: gravamen fiscal y sentirán que su cartera se resiente menos del esfuerzo contributivo.)
Y claro, en este circo de la política, que es más o menos igual en todas partes, los impuestos son prácticamente la única forma de diferenciar posicionamientos ideológicos. Si uno piensa que se deben subir los impuestos, se trata de un socialdemócrata que cree en el Estado de Bienestar y en que la recaudación debe utilizarse para ofrecer servicios sociales más completos a los ciudadanos. En teoría, es un axioma básico de la socialdemocracia, y digo en teoría porque Zapatero, mucho antes de ser presidente, aseguró que bajar los impuestos es de izquierdas. Por el contrario, el liberalismo y el conservadurismo en todas sus variantes mixtas defienden la receta teórica opuesta: bajar los impuestos aumenta el consumo, fortalece la economía y dinamiza los sectores productivos, y la pérdida recaudatoria puede equilibrarse con un menor gasto público, lo que casi siempre quiere decir menos gasto social. Pero claro, esta receta liberal también es sólo teórica o cuando conviene, porque Gallardón ha demostrado esta misma temporada que se podía relanzar la tasa de basuras para pagar la faraónica M30.En medio de estas incoherencias, no sorprende nada, que se eleve el IVA dos puntos como medida para paliar el déficit público. Es, probablemente, la medida más alejada del socialismo que ha tomado el Gobierno en las dos legislaturas que lleva en el poder. Porque si se busca recaudar a través del IVA, ese plus recaudatorio afectará a todos y cada uno de los ciudadanos por igual, en lugar de gravar más a los más ricos, el planteamiento más lógico desde una óptica socialdemócrata. Y en estas vengo pensando estas semanas cuando, una vez más, cuando ya creo que soy el único que veo lo obvio, Esperanza da un paso al frente y se declara en Rebeldía frente a la subida del IVA. En rebeldía. Palabras mayores.
Me surge la pregunta de cómo lo hacemos esta mujer y yo, que tenemos un pensamiento diametralmente opuesto, para estar de acuerdo tan a menudo. Quizás es porque ella, que es lista, sabe sacar buena tajada de los bandazos de Zapatero. Me consta que el movimiento de Aguirre no es más que la enésima patada al árbol del PSOE, esperando a que caigan los frutos, pero me molesta que se apropie para ello de la palabra rebelión.
Camus decía que el hombre rebelde es el hombre que dice no, pero también que esa negación que salía de su boca era una afirmación en sí misma, el comienzo de algo.
Pero el no de Esperanza, por más que lo intento, no parece esconder sino otro no más rotundo. Hay que reconocerlo, ella es una rebelde sin causa.

No hay comentarios:
Publicar un comentario