Esperanza, Esperancita, se ha puesto el traje de luces. Y ella, que no tiene destreza con el capote pero sabe como entrar a matar, está dispuesta a lidiar a cuantos astados se le pongan por delante. Mientras en el Parlament se debate si prohibir o no los toros en toda Catalunya, Aguirre ha convertido a las corridas, decretazo por delante, en bien de interés cultural, lo que quiere decir que en la Comunidad de Madrid tendrán una especial protección.
En esta semana de resaca de Oscars y Kodak Theatre, trataremos de hacer una reconstrucción cinematografíca de los hechos. Unos zapatos pulquérrimos marcan talones sobre el mármol del Palacio de la Puerta del Sol. La banda sonora marca un ritmo trepidante. Se detienen al llegar a la gran puerta de Caoba. El propietario de los zapayos llama, entra y dice: “Presidenta, los catalanes debaten en el Parlamento prohibir los toros”. Ella escucha de espaldas, mirando a la ventana, con la luz de atardecer iluminando la bandera de las siete estrellas, junto a la española. El ritmo de la película crece. Suenan teléfonos, gabinete de crisis, toneladas de café. En el montaje de acción burocrática trepidante se intercalan planos del debate de Les Corts. Por un lado, viene el principal argumento de los taurinos: es una tradición, tan arraigada en Catalunya como en el Restodespaña (en lenguaje nacionalista light); por otro, caen las diatribas de los abolicionistas: la violencia de género también es una tradición milenaria, y no por eso es legal. Mientras, en la Especueva, la Presidenta medita un protocolo de acción. Pero sabe que en esta película no puede ordenar despegar a los F18, ni a los marines una operación tras las líneas enemigas. Esta es una película política, y aquí la jugada es siempre es siempre en los medios. Convoca a su gabinete, al atardecer, cuando las decisiones son más poéticas, y ejecuta. Como no puede imponer al Parlament lo que debate o no, utiliza su trono de satrapía para hacer el movimiento contrario. Aguirre soluciona la crisis declarando a Madrid Vivero de la Tauromaquia, donde el oficio de matar toros se transforma en arte. Suenan los violines y los enfervorizados taurinos celebran la decisión al unísono, congregados en la Puerta del Sol o en sus casa con televisores. Uno de sus asesores pregunta si ya está, si ya han ganado. Y Esperanza, con una sonrisa de medio lado, proclama: “Esto es sólo el principio”. Y con esa tensión que anuncia secuela acaba la película. Disculpando la exageración al estilo Hollywood de la trama, no me negarán que no es matPublicar entradaerial bueno para una película.
Pero amigos, yo no soy un guionista judío de Beverly Hills, sino un testigo que filtra lo que ve a través de su espíritu. Dejémonos de películas, pues yo no soy más que un opinador, un torpe guía de mi forma de ver el mundo. Tengo una opinión muy claramente formada acerca de la tauromaquia. Me parece exageradamente aburrida, porque se marcan muy pocos goles. Me parece también cruel, y no le niego todo el sadismo que rodea al toro, desde las banderillas hasta cuando se postra sobre sus rodillas, exhausto, con la espada a menudo mal clavada, vislumbrando ya el cielo o la nada, lo que haya. Pero la verdad, puestos a dejar fluir los pensamientos, preferiría ser toro de lidia a gallina ponedora, atún rojo somalí, rata de laboratorio o gorila de zoo. Será una cuestión de orgullo, pero al menos el toro tiene la posibilidad de matar a su agresor, o incluso de salvarse, y su defensa tiene mucho más glamour, casi tanto como la de las ballenas o los visones.
Quizás la mejor manera de que uno se forme la idea de lo que se siente al respecto, sea mirar fijamente a los ojos del próximo animal que se vaya a comer, e interrogarle. Aunque claro, es difícil preguntarle a una pechuga fileteada de pollo cuales son los límites éticos del maltrato animal.
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