martes, 4 de mayo de 2010

Cincuenta mil locos

A la orilla de un río que este año corre inusualmente caudaloso, pero que siempre ha tenido infraestructuras muy superiores a su importancia fluvial, hay un estadio de fútbol. Un estadio que ha cumplido ya sus cincuenta y cuatro años, y que bien pronto, allá en el apocalíptico 2012, se habrá convertido en otra cosa urbanizable. De momento lo acarician a diario miles de coches en su tránsito cotidiano por la M30, dejando claro que el Vicente Calderón incordiaba un poco ya hace décadas, cuando se construyó la autopista de circunvalación madrileña.

Dentro de ese estadio, habitan, una vez cada dos semanas, cincuenta mil locos que entrañablemente se dejan las gargantas para animar un equipo que despierta tanta simpatía como condescencia, el Atlético de Madrid. Es inevitable caer en los tópicos del sufrimiento como columna vertebral del exacerbado sentimiento atlético, ese patinar sobre el filo de una navaja constantemente, asomándose al fracaso pero siempre con la cabeza alta y el pecho erguido, pero no hay que olvidar que no hace tanto, esto era un club que se codeaba con los grandes.
Por eso, porque toda una generación ha crecido sin ver al Atleti levantar algo más que el doblete del 96, porque se ha soportado la intervención judicial de una institución convertida en empresa por un empresario mafioso, porque el equipo pasó dos temporadas en la vergüenza de la segunda división y porque seguía su trayectoria sin rumbo ni ganas en todas las competiciones, lo que ha pasado a orillas del Manzanares este año es casi un milagro.
Es cierto que no se han logrado los objetivos de partida: hacer algo importante en la Champions y quedar entre los cuatro primeros en el campeonato doméstico. En la Champions no se hizo sino el ridículo y el equipo ha sido de una irregularidad sonrojante en liga, pero sin embargo se ha plantado en este final prematuro de temporada con dos títulos al alcance de la mano: la liga Europa y la Copa del Rey. Para conseguirlos tiene que vencer a una Cenicienta, el Fulham y a una máquina que no acaba de estar bien engrasada, el Sevilla.
De repente, esos cincuenta mil locos vuelven a alardear de una ilusión que nunca han dejado de mantener viva, pese a los constantes batacazos de un atleti que representa como nada los valores contradictorios de la ciudad de la que, dicen, es el segundo equipo. Sin el dinero, la potencia ni la inquebrantable mentalidad ganadora del Madrid, el Atlético es un equipo que huele a churros, a verbena, a requiebro y a chaleco.  Es el equipo de una zona más humilde de la capital, y la hinchada es castiza y seca, apasionada con el que se apasiona, implacable cuando no ve el esfuerzo que merece la camiseta.
De ahí esa ansiedad, esos nervios, ese vestuario complejo que ha destrozado tantas carreras de entrenadores muy prometedores. El Atleti juega siempre, antes que nada, contra sí mismo, contra sus propios fantasmas, enfrentado a la esquizofrenia que supone ser un grande sin recursos ni fortuna, y por esa razón metafísica tiene tanto mérito el trabajo que ha desarrollado Quique Sánchez Flores. De repente, este equipo creyó en sí mismo, dándole la vuelta a una Copa en la que estaba fuera tras encaja 3 de un segunda, o ganándole al Barça en liga o dejando en la cuneta a rivales de la talla de Galatasaray, Sporting, Valencia o Liverpool en su camino hacia la final de Hamburgo. De repente el exabrupto de la grada se convirtió en silencio, en estupor. Habían perdido la costumbre de la victoria, pero en las enrojecidas gargantas aún quedó aliento para gritar “ese es mi Atleti”.

1 comentario:

  1. Tengo un amigo entrañable, buena gente, al que a los 6 años, su padre le llevó a un derby, perdió el athleti por tres o cuatro, pero él dijo: "yo quiero ser de estos, ayudarles". Hoy es el médico sin fronteras mas rojiblanco.

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