martes, 8 de junio de 2010

Sitting on top of the World

La ciudad, con su inquebrantable ajetreo de ruidos, de humos pisándose unos a otros, de ataques de ansiedad, exabruptos y berrinches infantiles, eclipsa a menudo todo lo que la rodea, como si más allá del último bloque de hormigón, la vida se acabase sin más. Esta sensación es más fuerte en Madrid, porque la ausencia de mar implica que no hay una inmesidad ante uno que le recuerde lo ínfimo que es, y aparece la necia percepción de que no hay nada más allá. Sólo la sierra, que se levanta orgullosa cincelando el azul con sus puntiagudas cumbres, le recuerda al observador que fuera, late otra vida.
Recuerdo de cuando era niño: las interminables mañanas en el colegio, obligado a inhibir cualquier espontaneidad y a escuchar (qué dificil era no hacerlo) el monótono discurso de los maestros, con las palabras montándose unas encima de otras, y los minutos que se detenían en el epicentro del aburrimiento, como anunciando que la clase no acabaría nunca, con la sensación de que, a ese ritmo uno se haría viejo antes que mayor. En ese momento en que todo parecía perdido, una mirada a mi izquierda servía para encontrar una ruta de escape, aunque fuera mental, y allí estaban las montañas, como reyes sabios, mirándonos a todos con condescendencia. Mientras las mitocondrias, los quebrados, las oraciones compuestas y los reinos de taifas pugnaban por invadir mi mente, ésta se refugiaba en las cumbres de Siete Picos, tirándose en trineo por sus laderas nevadas.
Así que este fin de semana, movido por ese afán de evasión que desde la niñez conservo, me he ido a pasarlo al monte, a dormir al aire libre, y a reconectar con ese niño interior, para quien la vida sigue siendo a veces aburrida y monótona. Garganta de los Montes fue nuestro punto de partida, y la idea era llegar hasta Lozoya, a unos doce kilómetros por la carretera, pero yendo campo a través y durmiendo en donde nos dijera el camino. Anduvimos hasta que las piernas estaban cansadas y arañadas por las zarzas y, cuando el sol bajaba ya a acostarse, encontramos una pared de roca de unos dos metros, flanqueada por unos cuantos robles jóvenes y en la cara este de la montaña, bien protegidos del viento. Allí, con la magia que tienen las decisiones que surgen solas, sin necesidad de empujarlas con el raciocinio, montamos nuestro campamento. En las montañas, el atardecer se trunca bruscamente: vas siguiendo al sol en su bajada y, de pronto, ya no está. Mi saco, eso sí, ya estaba cuidadosamente preparado para meterme en él y ver el espectáculo del cielo, libre de humos y luces que pudieran deslucirlo.
Acostado boca arriba, de nuevo recordé que, de niño, cuando iba de camping me dormía con la cabeza fuera de la tienda para ver las estrellas y que me despertaba con el pelo lleno de hormigas. Ahora esperaba que ocurriera lo mismo, aunque no tuviera tienda y mis ojos hayan visto tantas otras cosas durante estos 20 años. Pero como el agua que miras en la olla para que hierva, los astros se hacían esperar. Observaba en mi impaciencia el cambio gradual del tono del cielo, y peleaba contra el sueño que, después de la caminanta, empezaba a colgarse de mis párpados cuando, de pronto, ocurrió. Pude ver claramente como se encendía una estrella, o si se quiere, en qué momento pasó de ser un objeto espacial oculto a una luz en mi noche. Era Megre, una de las de la Osa Mayor, y el efecto inmediato de su aparición fue como el de las palomitas en el microondas. Escuchas una, que es la primera, y después empiezan a saltar las demás,  movidas por la empatía.
Os parecerá absurdo, pero ese momento fugaz, esa derivada incalculable, me devolvió por un intstante muchas cosas que el tiempo me ha robado, o que se ha cobrado legítimamente. Allí, en medio del bosque, en la cima de una montaña, víví la plenitud de saber (o creer, son términos tan cercanos) que el cielo se iluminaba sólo para mí. Antes de irme, quedaos un consejo: salid, alejaros de todo, y mirad al cielo, veréis la grandeza de sentirse tan pequeño.

3 comentarios:

  1. No se si sabes que los elementos químicos que conforman la vida (C,N,O,Fe..) se crearon en las estrellas (centrales nucleares de fusión). Comparto tu pasión... Yo conseguía tirarme horas completas en clase sin escuchar ni una sola palabra del profesor de turno, privilegios de soñar despierto

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  2. Buenas montañas para bucear en tu niñez. Arriba ese espíritu aventurero.

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