Ya lo dije otra vez: el fútbol es la nueva épica donde se forjan los héroes en esta época descreída y sin símbolos. La arena de hoy no demanda más sangre que la metafórica o la fortuita, pero en la grada, y en sus millones de ramificaciones en televisores de todo el mundo, el fervor es tan fuerte como en la propia guerra. También hemos hablado de las masas, y de como sus comportamientos colectivos acaban por anular absolutamente el pensamiento del individuo, que pierde la noción de sí mismo y se diluye en una voluntad ajena que acaba por enajenarlo. Ahora unamos ambos conceptos y añadámosle un tercero. en el campo, o en el salón de casa, está permitido odiar al rival durante 90 minutos, desear su aniquilación, que desaparezcan sus virtudes y sólo queden sobre el césped su sudor y sus lágrimas amargas.
Y, de repente, esa marabunta unánime, ese individuo acéfalo que es la masa, se convierte de pronto en algo amenazador y ruidoso, como un bebé gigante que puede destrozar una ciudad si se le niega un biberón. Creedme si os digo que el otro día, mientras mi yo más básico se abrazaba a todo bicho viviente tras el gol de Villa, en el fondo de mi cerebro latía la preocupación por el eco de una época pasada, en la que todo el discurso era marcial, todo ajeno era enemigo y la victoria era la constatación de la superioridad de una raza, que, por mucho que le pese a algunos, es hija de un mestizaje de siglos.
Porque hemos pasado toda una vida viendo a España caer a la primera, ante grandes y pequeños, pronto o tarde, pero nunca más allá de cuartos. Y en medio de esa decepción permanente, de esa ilusión previa que los comentaristas se encargaban de inflar en la prensa, aparecía la apelación a la furia, como si fuese propiedad exclusiva hispánica, como si fuese nuestra única esperanza de demostrarle al mundo que, pobres o incultos, de darle patadas a un balón, sabíamos un rato.
Este mundial de invierno, en medio de lo que los estúpidos post-colonialistas consideran la Europa africana, se antojaba, no obstante, muy distinto. Por primera vez, ser favoritos no era una etiqueta poco creíble basada en clasificaciones FIFA o en partidos amistosos, sino una realidad ineludible, porque el Campeón de Europa bien pudiera ser el Campeón del Mundo. Por una vez no se habló de furia, sino de toque, de juego, de fútbol. En las calles y en los bares se decía que no había nadie mejor que nosotros y que nuestro fútbol iluminaría el planeta, esa esfera sin costuras y que los dioses aún no han decidido despejar fuera de la galaxia. Pero lejos de deslumbrar, el equipo ha mostrado un juego errático y mediocre, con raros momentos de inspiración y sí, por una vez, un torrente de furia, un coraje indoblegable que consigue la victoria al precio que cueste.
Nunca lo merecimos menos, y sin embargo nunca lo hicimos tan bien. Por primera vez podemos ganar. Y en España, la gente se vuelve loca y saca las banderas, y esta Roja, que debiera ser emblema de este país de países, se empieza a convertir en un símbolo del Imperio perdido, esa entelequia a la que siempre aludía el franquismo y que no es sino el mito con que alimentar la moral de un pueblo que se sintió siempre engañado con la historia. Temo que una victoria en la Copa del Mundo desencadene una nueva excursión del patriotismo más barato y más rancio y que la gente, enfervorecida, se olvide de lo poco que hoy valen sus ahorros, sus pisos, sus trabajos, y que encuentren en el temor y el odio al vecino una válvula de escape regada en alcohol y cánticos de guerra. El fútbol es un deporte hermoso y emocionante, pero el hombre es capaz de sacar lo peor que lleva dentro inspirándose en lo más sublime. Ved si no toda la sangre reclamada por palabras como Dios o Patria. Al final, el balón rodará y las gargantas se harán una, y el jugador número 12, como lo llama el tópico futbolístico, tomará de nuevo las calles. Y yo, que desde niño he envidiado a Brasil, a Alemania e incluso a Italia, no sé si como ciudadano, me conviene más la victoria o la derrota. El bebé gigante me da tanto miedo cuando está enfadado, como cuando está contento.

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