Hoy he visto cómo un tipo se lanzaba desde la octava planta del Hotel Plaza Castilla. Se oyó un coro de sobrecogedores suspiros y un golpe seco contra el suelo. No hubo ni giros, ni tirabuzones, ni una lenta agonía a cámara lenta. La caída, olvidando la acera que esperaba ansiosa a su nuevo huésped, resultaba ridícula. El hombre meneaba los brazos y las piernas al caer, quizás mostrando inútil arrepentimiento, o quizás buscando avanzar más, como un saltador de longitud que se sabe con el viento de cara. Comprendí que estaba muerto.
De nuevo me equivocaba, como lo había hecho antes cuando aseguré por teléfono a la redacción que ese loco en calzoncillos no iba a hacerlo. El salto se produjo inmediatamente después, como si el tipo me hubiese escuchado deslegitimar su amenaza y quisiera darme con su muerte en las narices. En breves segundos lo rodearon todos los sanitarios [que también habían apostado a que no se atrevería]. Intentaron durante un buen rato reanimarle. Tal vez consiguieron mantenerle el tiempo suficiente para sentir el dolor de la vida que se le escapaba por la boca. No sobrevivió. No quiso hacer declaraciones. Tampoco las necesitaba, los suicidios no son noticia. Guardé el micro en la mochila y me preparé para irme. En el taxi no estaba afectado emocionalmente, aunque no pude dejar de darle vueltas en la cabeza a las palabras con las que empieza El mito de Sísifo: “Sólo hay una cuestión filosófica realmente importante, el suicidio. Decidir si la vida vale la peno o no de ser vivida.” Era inevitable que yo me preguntara qué hacía que no fuese yo el saltador. ¿Mi novia? Sin duda ayuda, sin duda es algo a lo que agarrarme y, entrecomillándolo, decir: es mía. Pero no es suficiente. Ningún ser humano puede atar a otro con una cuerda tan gruesa que le impida precipitarse en el abismo, si se asoma demasiado. La soga se rompe y los vivos, muy a su pesar, no pueden sino dejar partir a los muertos. Ella no es mi vida, sino una parte importante de ella. ¿Entonces qué? No son mis amigos. Podría pasar sin ellos, aunque los adore. No me son imprescindibles. No es mi trabajo, ni mis libros, ni el olor a tela azul que se respira por la ventana abierta del coche ya en Torroella de Montgrí, con las Islas Medas en el horizonte. Porque al final, el abismo se contempla sólo, desnudo, sin blandir ningún objeto entre las manos, quizás en calzoncillos desde la octava planta del Hotel Plaza Castilla. En esos momentos puede que el hombre rebelde levante los ojos hacia arriba, no buscando al Indemostrable sino mirando las nubes y buscando en ellas algo de sí mismo. Y tiene tres salidas. Puede arrepentirse, bajar la mirada y entrar dentro de la habitación, donde lo atenderán los psicólogos, satisfechos de haberlo convencido de que no salte. Puede mirar al frente, coger aire y lanzarse, lo que, por paradójico que parezca, es otra forma de arrepentimiento. El hombre verdaderamente rebelde no se arrepiente, quizás ni entre en la habitación, ni salte y sólo se siente en el precario alféizar que el edificio ultramoderno tiene entre su séptima y su octava planta. Respira hondo y mira a todas las caras que le contemplan desde abajo, expectantes, burlonas, mordientes, compasivas, morbosas. No hace nada. No reniega de su intento ni lo culmina, lo que equivaldría a renegar de un intento aún mayor. Comprende que lo que le ata a la vida son esos ochos pisos que le separan del suelo. Comprendí yo mejor que aquel pobre hombre esa distancia. Él no fue capaz de rebelarse contra su apetito destructor, y su rebelión se convirtió en un ataque frontal contra un tanque armado con una lanza de madera y hueso. Había sido atleta, sin gloria pero con cierta presencia. Tenía treinta y ocho años. Yo tengo veintidós y sigo sin saber por qué no salto. Y mientras me lo cuestiono sigo mirando al suelo, que me espera impaciente.
De nuevo me equivocaba, como lo había hecho antes cuando aseguré por teléfono a la redacción que ese loco en calzoncillos no iba a hacerlo. El salto se produjo inmediatamente después, como si el tipo me hubiese escuchado deslegitimar su amenaza y quisiera darme con su muerte en las narices. En breves segundos lo rodearon todos los sanitarios [que también habían apostado a que no se atrevería]. Intentaron durante un buen rato reanimarle. Tal vez consiguieron mantenerle el tiempo suficiente para sentir el dolor de la vida que se le escapaba por la boca. No sobrevivió. No quiso hacer declaraciones. Tampoco las necesitaba, los suicidios no son noticia. Guardé el micro en la mochila y me preparé para irme. En el taxi no estaba afectado emocionalmente, aunque no pude dejar de darle vueltas en la cabeza a las palabras con las que empieza El mito de Sísifo: “Sólo hay una cuestión filosófica realmente importante, el suicidio. Decidir si la vida vale la peno o no de ser vivida.” Era inevitable que yo me preguntara qué hacía que no fuese yo el saltador. ¿Mi novia? Sin duda ayuda, sin duda es algo a lo que agarrarme y, entrecomillándolo, decir: es mía. Pero no es suficiente. Ningún ser humano puede atar a otro con una cuerda tan gruesa que le impida precipitarse en el abismo, si se asoma demasiado. La soga se rompe y los vivos, muy a su pesar, no pueden sino dejar partir a los muertos. Ella no es mi vida, sino una parte importante de ella. ¿Entonces qué? No son mis amigos. Podría pasar sin ellos, aunque los adore. No me son imprescindibles. No es mi trabajo, ni mis libros, ni el olor a tela azul que se respira por la ventana abierta del coche ya en Torroella de Montgrí, con las Islas Medas en el horizonte. Porque al final, el abismo se contempla sólo, desnudo, sin blandir ningún objeto entre las manos, quizás en calzoncillos desde la octava planta del Hotel Plaza Castilla. En esos momentos puede que el hombre rebelde levante los ojos hacia arriba, no buscando al Indemostrable sino mirando las nubes y buscando en ellas algo de sí mismo. Y tiene tres salidas. Puede arrepentirse, bajar la mirada y entrar dentro de la habitación, donde lo atenderán los psicólogos, satisfechos de haberlo convencido de que no salte. Puede mirar al frente, coger aire y lanzarse, lo que, por paradójico que parezca, es otra forma de arrepentimiento. El hombre verdaderamente rebelde no se arrepiente, quizás ni entre en la habitación, ni salte y sólo se siente en el precario alféizar que el edificio ultramoderno tiene entre su séptima y su octava planta. Respira hondo y mira a todas las caras que le contemplan desde abajo, expectantes, burlonas, mordientes, compasivas, morbosas. No hace nada. No reniega de su intento ni lo culmina, lo que equivaldría a renegar de un intento aún mayor. Comprende que lo que le ata a la vida son esos ochos pisos que le separan del suelo. Comprendí yo mejor que aquel pobre hombre esa distancia. Él no fue capaz de rebelarse contra su apetito destructor, y su rebelión se convirtió en un ataque frontal contra un tanque armado con una lanza de madera y hueso. Había sido atleta, sin gloria pero con cierta presencia. Tenía treinta y ocho años. Yo tengo veintidós y sigo sin saber por qué no salto. Y mientras me lo cuestiono sigo mirando al suelo, que me espera impaciente.
impactante... imagino a la gente callada, mirando , esperando y aplaudiendo al final, como en un numero de circo...
ResponderEliminaruna vez vi algo parecido, pero fur todo mas ... sucio, por asi decirlo... ya te contaré la historia