Sí, lo admito. A veces sermoneo. Nada más lejos de mis intenciones que justificarme, pero entended que a veces uno se deja llevar por el irresistible poder que destila la tribuna, por pequeña o insignificante o inútil que sea. Dentro de muy poco, apenas un par de semanas, hará un año que os escribo, que mi voz se pega a vuestro oído, que os cuento lo que mi mente y mi pecho filtran de esa realidad que vivo con todas mis fuerzas. Acaso os llegará un débil eco, puede que una sonrisa tímida, o un pensamiento fugaz pero sentido, o un cabreo súbito conmigo y mis palabras, que torpemente tratan de construir un discurso donde sólo hay un puñado de impresiones, a menudo sólo basadas en mí íntimo y particular modo de ver el mundo.
Tremendista, o siniestro, o irónico, o simplemente con la arrogancia de quien se cree en posesión de la verdad, me presento en vuestras vidas cuando os apetece abrirme las puertas, sin más intención que el de decir cómo veo esto o aquello. Tampoco dispongo de los medios ni la voluntad de hacerlo mejor, pero no me gustaría que pensarais que quiero convenceros de algo, o daros una visión única de las cosas. Desconfiad de esta columna tanto como os permita vuestro entendimiento y, si alguna vez, movidos por la buena voluntad o por simple afinidad de pensamientos, dijisteis al escucharme o leerme: “Maldita sea, este tipo tiene razón”, revisad aquel pensamiento, porque igual ya no es así.
“No debería uno contar nunca nada”, decía Marías, “ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido”. Si cito al gran Javier, que es otro sermonero de columna pero con un estilo infinitamente superior al mío, es porque sucribo al cien por cien esa máxima de su fiebre y de su lanza. El silencio nos haría más sabios, no nos comprometería ni nos haría deudores de nuestras palabras, no crearíamos más lazos de los que podemos mantener, ni nos veríamos empujados a la mentira (pues hablar es expresar hacia fuera los pensamientos, y hay tantos de estos que no podemos o no queremos expresar).
Dando por hecha esa seguridad del silencio, sabiendo a ciencia cierta que no podría haber mejor manera de estar en este mundo que callado tengo la firme convicción de que una palabra es casi siempre inútil. Y sin embargo, no puedo callar ni lo haré y he hecho de mi locuacidad mi oficio. Podría acaso deciros que es por vosotros, para que os cale un mensaje, o una filosofía o una opinión y que con ese arma cargada de futuro podamos construir todos otro mundo, sino más justo, ta vez menos injusto. No sería falsa esta afirmación, pero sí incompleta, porque por encima de todo esta mi propia necesidad de contar, esa fuerza que rompe el sello de mis labios o que lanza mis dedos sobre el teclado.
Y ahí, al sentir ese imperativo que me ha convertido en un bocazas profesional, es cuando más hermanado me siento con vosotros y con todos los que no me escuchan, porque sé que ninguno escapa de ese instinto de comunicación, el más desarrollado en una especie que ha olvidado casi todos los demás. Desde Altamira y sus bisontes a los teléfonos móviles, esa misma necesidad que me consume ha movido el mundo. A fin de cuentas, el silencio habrá de esperar a que nosotros ya no estemos, y sospecho que para entonces el universo ya tendrá listos a otros incontinentes verbales para llenar con sus ruidos el vacío.
Entretanto, cuenten con mi pluma, pero no se crean ni la mitad de lo que escribe. Hasta la semana que viene.

No hay comentarios:
Publicar un comentario