En una semana recorrí dos ciudades con el ahínco del turista y del anfitrión. Una era la mía, este Madrid que me mata y me revive y la otra, la eterna Roma. Eso significa que mis dos recorridos, además de marcar con saña mis sufridos pies, incluyeron una retahíla impresionante de maravillas artísticas. Por enumerar rápido y sin abusar, en esta intensa semana mis ojos se posaron sobre el Gernika, Las Meninas, el Palacio de Oriente, el Templo de Debod, la Piedad, el Coliseo, la Fontana de Trevi o el impresionante tríptico de San Mateo de Caravaggio.
Las emociones fueron distintas en cada ciudad, pues en una era yo Dante, ávido de conocer, y en la otra Virgilio, o mejor Don Latino, pues la Divina Comedia en Madrid, pasa siempre por los espejos que deforman del Callejón del Gato. Y con la misma pasión que vertía mi conocimiento sobre mi Villa a Higinio (mi invitado portugués, tan joven como curioso), escuchaba las historias de la Ciudad Eterna de los labios de mi cicerone romana, Lavinia. Los dos, la guía y el guiado, son historiadores del arte, con lo que el recorrido daba juego para debatir, analizar, compartir emociones y filosofar a fondo.
Dos ciudades que comparten el haber sido, hace ya siglos, capitales del mundo, y que viven con la esquizofrenia que les produce su ritmo de gran capital con las huellas imborrables de un pasado que es a la vez su tesoro y su condena, porque cualquier porvenir será siempre un paso más en la decadencia de sus imperios muertos. A veces el símbolo es tan grande que rebasa la realidad que representa, y esta última acaba siendo devorada por su representación.
El símbolo de Roma es una loba que amamanta a dos pequeños romanos y el de Madrid un oso que se apoya en un madroño. Paradójicos emblemas, pues en Madrid ya no habia osos cuando el plantígrado entro a formar parte del escudo y dicen los eruditos que a Rómulo y Remo no los amamantó una loba, sino una puta, en latín también lupa. La estatua de Luperca, esta loba que se creía etrusca y que resultó ser medieval y a la que luego se le añadieron esos dos mamoncetes romanos, tiene un trozo del alma de la ciudad.
El oso y el madroño, también fundidos en bronce, aunque mucho más reciente, son el corazón de esa otra ciudad que jugó a ser Roma, y el punto de encuentro desde hace años cuando los madrileños quedan en el centro. Recientemente han cambiado la escultura de sitio, para ponerla donde estuvo hasta los años ochenta y yo quise que Higinio la viera. Mi sorpresa fue enorme cuando me acerqué con él y pude ver una plaquita que nunca antes estuvo en el pedestal de granito. La inscripción decía: “Estatua pública patrocinada por Coca-cola”. Entre la ira y la vergüenza, le pedí a mi amigo que la fotografiara y que me cagué tres veces en el Ayuntamiento (metafóricamente, claro está: la cagada de verdad la hicieron ellos). Sólo el resto de la ciudad y la charla sobre las historias que encierra consiguieron que se me pasara el cabreo.
Días después, visitaba el Vaticano junto con Lavinia, Shereen y Giulia. Con esta última comparto cumpleaños y, horóscopos aparte, muchas actitudes vitales. De repente, pasadas ya las colas y los detectores de metales, y con los hombros de mis amigas cubiertos por el pudor católico, de repente Giulia dió un grito y sacó la cámara mientras gritaba “Figli di Troia”, que significa algo más que Hijos de Troya. Disparó como si cada foto fuera un puñetazo contra un enorme cartel de la petrolera Eni, que anunciaba una remodelación de la Piazza de San Pietro con su generosa participación. Compartí de inmediato su indignación por el falso mecenazgo de una empresa sin escrúpulos, la misma que yo sentí ante la dichosa placa de Coca-Cola bajo el Oso y el Madroño que, por cierto, tiene un valor artístico ínfimo comparado con el epicentro del Catolicismo.
Un alivio absurdo me recorrió el cuerpo al comprobar que la Madonna de la Pietá no llevaba puesta una camiseta de Nike y pensé, arrastrado por un optimismo bobalicón, que el enorme patio de columnas seguirá ahí cuando ya no quede petróleo, ni Coca-cola, ni zapatillas cosidas en el tercer mundo. La piedra y el bronce quizás nos sobrevivan para ocultar a los que vengan lo estúpidos que éramos.
Las emociones fueron distintas en cada ciudad, pues en una era yo Dante, ávido de conocer, y en la otra Virgilio, o mejor Don Latino, pues la Divina Comedia en Madrid, pasa siempre por los espejos que deforman del Callejón del Gato. Y con la misma pasión que vertía mi conocimiento sobre mi Villa a Higinio (mi invitado portugués, tan joven como curioso), escuchaba las historias de la Ciudad Eterna de los labios de mi cicerone romana, Lavinia. Los dos, la guía y el guiado, son historiadores del arte, con lo que el recorrido daba juego para debatir, analizar, compartir emociones y filosofar a fondo.
Dos ciudades que comparten el haber sido, hace ya siglos, capitales del mundo, y que viven con la esquizofrenia que les produce su ritmo de gran capital con las huellas imborrables de un pasado que es a la vez su tesoro y su condena, porque cualquier porvenir será siempre un paso más en la decadencia de sus imperios muertos. A veces el símbolo es tan grande que rebasa la realidad que representa, y esta última acaba siendo devorada por su representación.
El símbolo de Roma es una loba que amamanta a dos pequeños romanos y el de Madrid un oso que se apoya en un madroño. Paradójicos emblemas, pues en Madrid ya no habia osos cuando el plantígrado entro a formar parte del escudo y dicen los eruditos que a Rómulo y Remo no los amamantó una loba, sino una puta, en latín también lupa. La estatua de Luperca, esta loba que se creía etrusca y que resultó ser medieval y a la que luego se le añadieron esos dos mamoncetes romanos, tiene un trozo del alma de la ciudad.
El oso y el madroño, también fundidos en bronce, aunque mucho más reciente, son el corazón de esa otra ciudad que jugó a ser Roma, y el punto de encuentro desde hace años cuando los madrileños quedan en el centro. Recientemente han cambiado la escultura de sitio, para ponerla donde estuvo hasta los años ochenta y yo quise que Higinio la viera. Mi sorpresa fue enorme cuando me acerqué con él y pude ver una plaquita que nunca antes estuvo en el pedestal de granito. La inscripción decía: “Estatua pública patrocinada por Coca-cola”. Entre la ira y la vergüenza, le pedí a mi amigo que la fotografiara y que me cagué tres veces en el Ayuntamiento (metafóricamente, claro está: la cagada de verdad la hicieron ellos). Sólo el resto de la ciudad y la charla sobre las historias que encierra consiguieron que se me pasara el cabreo.
Días después, visitaba el Vaticano junto con Lavinia, Shereen y Giulia. Con esta última comparto cumpleaños y, horóscopos aparte, muchas actitudes vitales. De repente, pasadas ya las colas y los detectores de metales, y con los hombros de mis amigas cubiertos por el pudor católico, de repente Giulia dió un grito y sacó la cámara mientras gritaba “Figli di Troia”, que significa algo más que Hijos de Troya. Disparó como si cada foto fuera un puñetazo contra un enorme cartel de la petrolera Eni, que anunciaba una remodelación de la Piazza de San Pietro con su generosa participación. Compartí de inmediato su indignación por el falso mecenazgo de una empresa sin escrúpulos, la misma que yo sentí ante la dichosa placa de Coca-Cola bajo el Oso y el Madroño que, por cierto, tiene un valor artístico ínfimo comparado con el epicentro del Catolicismo.
Un alivio absurdo me recorrió el cuerpo al comprobar que la Madonna de la Pietá no llevaba puesta una camiseta de Nike y pensé, arrastrado por un optimismo bobalicón, que el enorme patio de columnas seguirá ahí cuando ya no quede petróleo, ni Coca-cola, ni zapatillas cosidas en el tercer mundo. La piedra y el bronce quizás nos sobrevivan para ocultar a los que vengan lo estúpidos que éramos.

jajajajaja, pero estúpidos.
ResponderEliminarsigamos paseando al menos.