Nota del autor: Todos los personajes que figuran en este relato han sido creados expresamente para esta ficción veraniega y no tienen un equivalente concreto en el mundo real.
Son las tres de la tarde del Sábado 31 de julio y el kilómetro 27 de la A3 se ha convertido en un auténtico infierno. El sol aprieta con fuerza el secarral que corta la carretera, llena de vehículos parados. Javier Ojeda, ingeniero informático de treinta años, se desespera sobre su volante sospechando que no estará a la hora adecuada a la cita que tiene en Valencia. Dos coches más atrás, Lourdes Fernández, abogado y madre divorciada de tres hijos trata de entretener a estos últimos con cualquier juego absurdo y empieza a poner a prueba su paciencia maternal. Los niños saltando en el asiento trasero del monovolumen de Lourdes llaman la atención de Miguel Pérez, transportista que debería haber acabado hace dos horas su reparto, y que se encuentra tan atrapado como los demás, los que sí se van de vacaciones. Todos democráticamente atrapados en el mismo absurdo de un atasco a la salida de una gran ciudad.
Son las tres de la tarde del Sábado 31 de julio y el kilómetro 27 de la A3 se ha convertido en un auténtico infierno. El sol aprieta con fuerza el secarral que corta la carretera, llena de vehículos parados. Javier Ojeda, ingeniero informático de treinta años, se desespera sobre su volante sospechando que no estará a la hora adecuada a la cita que tiene en Valencia. Dos coches más atrás, Lourdes Fernández, abogado y madre divorciada de tres hijos trata de entretener a estos últimos con cualquier juego absurdo y empieza a poner a prueba su paciencia maternal. Los niños saltando en el asiento trasero del monovolumen de Lourdes llaman la atención de Miguel Pérez, transportista que debería haber acabado hace dos horas su reparto, y que se encuentra tan atrapado como los demás, los que sí se van de vacaciones. Todos democráticamente atrapados en el mismo absurdo de un atasco a la salida de una gran ciudad.
Lourdes se lleva a los niños a Denia, con sus abuelos, y vuelve para trabajar una semana más antes de reunirse con ellos. Enjaular a las fieras no ha sido trabajo fácil y sólo las promesas de sol, playa y paella han podido más que su firme desobediencia. Se le ocurre jugar con los niños a inventar cuentos con cinco palabras, y piensa mientras se lo dice a sus hijos que ojalá todo fuera tan fácil. Mientras, Javier escucha por enésima vez el penúltimo rumor sobre el fichaje del verano, y hastiado, rebusca en su ipod algo que le anime un poco. Digamos que escucha Radiohead, y que entre sólos de guitarra filtrados por la electrónica aparece el rostro de quien le espera, un amor de verano que vuelve distinto cada año. Miguel escucha las cotizaciones de la bolsa y no puede evitar ponerse de mala leche con la política económica del gobierno. Lo del atasco, son gajes del oficio. Ese pensamiento hace nacer otro. Miguel llama a su mujer y le dice que llegará más tarde. Ella le pregunta si cenarán juntos y él, con una fe estoica contesta que así lo espera.
Lourdes está intentando poner orden entre sus hijos que se han soltado de las sillas y se pelean por lances del juego (cómo los cuentos han llevado a esto, se pregunta). Impotente, desde el volante, les grita y exige que se comporten, que sean buenos. David, el mayor de los tres, se enfada tanto que abre la puerta y corre entre los coches. Francisco, que lo ha visto, salta de su camión y corre tras el niño, que se mete en el deportivo de Javier, quien no puede evitar reirse al ver al pequeño sentado en el asiento del copiloto. Mayte corre tras Francisco y los dos llegan casi a la vez. Javier se disculpa. El niño se ha metido sólo. Lourdes mima al pequeño y le convence para que vuelva al coche. Se lo lleva en brazos disculpándose y agradeciéndoles su ayuda. Le salen las lágrimas cuando vuelve al coche, pero sabe que, en realidad no las vierte por lo que acaba de ocurrir. Miguel y Javier ríen la gracia del niño antes de volver cada uno a sus volantes, y a su soledad sonora, a su pensamiento.
Dos horas después, estas tres historias se separan, y Miguel acaba el reparto, Javier planea sobre el asfalto y Lourdes se toma un café mientras los niños juegan en la estación de servicio. Están guapísimos, y el expresso casi no parece de gasolinera. Seis horas más tarde, Lourdes escucha reproches de sus padres mientras finge interés y respira el mar, Miguel hace el amor con su mujer, que aún le vuelve loco, y Javier descubre que esa chica de todos los veranos ahora sale con un gogó de discoteca playera. Y a las nueve horas de ese primer encuentro, los tres, a punto de dormirse, se recuerdan en ese momento, esclavos de los designios del berrinche de un niño de 8 años, en mitad de ningún sitio. Y ese último pensamiento colectivo los hermana más allá de ese kilómetro 27.

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