Acabadas las vacaciones y de regreso ya a la estricta normalidad de la rutina, a cualquiera le sorprende la sensación de que la ciudad ha seguido en marcha todo ese tiempo en que por la mente del turista desfilaba la idea de abandonarlo todo y montar un chiringuito de playa. La basura se ha recogido, los periódicos han llegado a los quioskos, la linea circular no ha parado de dar vueltas y la oficina, con todos esos asuntos pendientes que se dejaron al salir (y que parecían de una urgencia vital), sigue en marcha, esperando pacientemente a que se haga cuanto debe hacerse. Los niños de los vecinos siguen gritando en el patio, con la fuerza inusitada que el sol del verano les da y los mayores siguen sentándose en los bancos del barrio a ver caer la tarde.
Todo sigue ahí. Tal vez no sea igual, pero no ha pasado el suficiente tiempo para que notemos una diferencia palpable. Es idéntica la ciudad a nuestros ojos, pero estos ya no son los mismos. Han cambiado en las tonalidades del mar, en el sol sangrando el cielo sobre las montañas, en los labios de un amor de puerto o simplemente, en la sinestesia de mirar al techo y escuchar, sin reloj, el lento paso del tiempo. Cambió el mirar y la conciencia se dejó engañar, comenzó a creer que aquella paz era eterna, intrínseca a la existencia, parte del ser. La realidad, esa que nos hemos construido y en la que pretendemos basar nuestra identidad, nos espera paciente, inmóvil o aletargada, preparada para vernos abrazarla poco a poco. No nos golpea, somos nostros los que nos estrellamos en su superficie.
El despertar es horrible. La toma de conciencia de que todo pasó y debemos entregarnos a lo que éramos antes de las vacaciones. Lo siguiente es sentirse estúpido por haberse creído la quimera, por haberse dicho en el hotel o apartamento o tienda de campaña, antes de caer dormido, “yo podría vivir aquí”. Ahora queda coger las riendas y seguir trabajando y tragando saliva para empezar a ahorrar de cara al próximo sueño.
A marchas forzadas, con gruñidos matutinos y la parsimonia laboral de un político, vamos retomando obedientemente nuestro puesto en la gran máquina, con el temor de quedarnos fuera ya respirando en el cogote. Y ya que estamos, como quien dice, casi renacidos tras nuestra pausa vacacional aprovechamos para cambiar nuestra vida, para modificar todo eso que sentimos resistencia. Uno se apunta al gimnasio y el otro se mete a un curso de inglés, se sacuden las casas y sus polvos y se reorganizan los papeles, de los que la mitad se tiran, vuelven las dietas y las verduras cocidas, y en general, nos sobrecargamos de disciplinas que se irán volviendo más laxas cuando pase el tiempo y el hastío nos haga vagos y holgazanes. Entonces, olvidados ya la mayoría de los propósitos de temporada, soñaremos de nuevo con el mar, o la montaña, o los trajes de baño o los cruceros, y con ese alterego tan simpático que nos construimos durante las vacaciones y al que después nos dolerá tanto matar.
Sí, es un ciclo; y se repite cada año con pequeños cambios, y esa circularidad nos da la sensación de que es algo tan inevitable como los días y las noches. Pero no lo es, sólo forma parte de nuestro propio proceso de alienación. Somos mucho más que un trabajo, o su nómina, o un contrato de alquiler. Somos ese pedazo de azul que se nos quedó clavado en la retina mientras nos sentíamos libres, sin nada más que el momento en la cabeza.
El despertar es horrible. La toma de conciencia de que todo pasó y debemos entregarnos a lo que éramos antes de las vacaciones. Lo siguiente es sentirse estúpido por haberse creído la quimera, por haberse dicho en el hotel o apartamento o tienda de campaña, antes de caer dormido, “yo podría vivir aquí”. Ahora queda coger las riendas y seguir trabajando y tragando saliva para empezar a ahorrar de cara al próximo sueño.
A marchas forzadas, con gruñidos matutinos y la parsimonia laboral de un político, vamos retomando obedientemente nuestro puesto en la gran máquina, con el temor de quedarnos fuera ya respirando en el cogote. Y ya que estamos, como quien dice, casi renacidos tras nuestra pausa vacacional aprovechamos para cambiar nuestra vida, para modificar todo eso que sentimos resistencia. Uno se apunta al gimnasio y el otro se mete a un curso de inglés, se sacuden las casas y sus polvos y se reorganizan los papeles, de los que la mitad se tiran, vuelven las dietas y las verduras cocidas, y en general, nos sobrecargamos de disciplinas que se irán volviendo más laxas cuando pase el tiempo y el hastío nos haga vagos y holgazanes. Entonces, olvidados ya la mayoría de los propósitos de temporada, soñaremos de nuevo con el mar, o la montaña, o los trajes de baño o los cruceros, y con ese alterego tan simpático que nos construimos durante las vacaciones y al que después nos dolerá tanto matar.
Sí, es un ciclo; y se repite cada año con pequeños cambios, y esa circularidad nos da la sensación de que es algo tan inevitable como los días y las noches. Pero no lo es, sólo forma parte de nuestro propio proceso de alienación. Somos mucho más que un trabajo, o su nómina, o un contrato de alquiler. Somos ese pedazo de azul que se nos quedó clavado en la retina mientras nos sentíamos libres, sin nada más que el momento en la cabeza.
la vacaciones son pa alienaos efectivamente ,no existen y no tienen sentido su eliminacion es necesria pero primero el futbol los toros los politicos etc etc vamos por partes guillotina masiva
ResponderEliminar