Se necesitan héroes, aunque se les corte de cintura para abajo, o de cuello para arriba, con la intención de mostrarnos sólo una parte de ellos: esto es, la que interesa, la épica e idílica imagen que reconstruya este mundo nuestro, empecinado en desilusionar. Héroes deportivos, económicos, artísticos, políticos, o incluso héroes de guerra, aunque sea de guerrillas bolivianas, pero en todo caso fuera de la mediocridad institucionalizada que parece ser el modo de supervivencia de las suciedades modernas. Se ensalza al héroe, se le venera, se le convierte en icono y mártir, sacrificado para que la legión que le admira encuentre un atisbo de sentido.
Y llegan las lágrimas, los ramos, las colas interminables frente a la casa en la que vivió este, o el mausoleo que se construyó este otro, o se pagarán en subasta millones por el collar de aquella o aunque sea una plaquita que siempre emocionará al nostálgico, al mitómano o al correligionario. Luego, si se investiga o se cuestiona la figura ensalzada, se descubre el ser humano que hay detrás, con sus adicciones, sus vicios, sus cobardías y sus miserias, y entonces se nos presenta la parte animal del centauro.
Y si el héroe aún no está muerto, en cuanto empieza a asomar la pezuña, comenzará el juicio, siempre en la plaza pública para defenestrarlo, y su leyenda tendrá que luchar a muerte con su colección de pecados más o menos serios. Con la misma facilidad con la que se levantó su figura sobre el resto de los mortales, se echarán toneladas de mierda sobre lo que que quede él. Si sale indemne, si no apesta demasiado, aún puede entrar en el Olimpo, pero si no, las masas disfrutarán viéndole hundirse. La maquinaria propagandística del sistema, que incluye satélites, banda ancha y publicaciones periódicas, estará en esa labor tan aplicada como lo estuvo en el proceso incial de canonización.
El ejemplo que hoy llevará nombre en estas líneas es el de Jesús Neira, profesor de derecho que se convirtió en héroe al ser brutalmente agredido cuando intentaba defender a una mujer que estaba siendo maltratada por su pareja. Estuvo muy grave, casi se muere, y tardó en recuperar algo de lo perdido en la paliza. Después deambuló por foros políticos y mediáticos, recibiendo aplausos y medallas y hasta la dirección del Consejo del Observatorio para la Violencia de Género de la Comunidad de Madrid. Esperanza Aguirre se encargó de ponerle como ejemplo y referente, y se le llenó la boca en su lucha contra el maltrato, pues tenía el paladín, el ciudadano ejemplar que venció el miedo al agresor..
Pero Neira, tras la humildad y la timidez que mostró al principio, empezó a alzar su voz contra cualquiera que no pensara como él, y tras el escudo de su imagen heróica empezó a mostrar su pensamiento, y la medalla que le habia colgado Esperanza se le empezó a clavar a ella misma en el pecho, escociendo más la vergüenza que la herida.
El profesor, el azote de los maltratadores, siguió haciendo su vida y una noche le paró la policía por dibujar eses con su coche, y le hicieron soplar. Positivo, El triple de lo permitido. Le pidieron que dimitiera, que se fuera, que encendiera él mismo la mecha de la hoguera que habría de quemarle. Nada más lejos de sus intenciones: se proclamó éticamente intachable y se dispuso a conservar su puesto. Esperanza, que no está acostumbrada a tener que despedir a nadie, encontró una solución que le permitía no admitir su error para no ser arrastrada en la caída de su ángel. Simplemente, disolvió el Observatorio contra la Violencia de Género, que viene a ser como talar el árbol por una fruta podrida. La decisión se justificó por motivaciones presupuestarias, pero Neira, seguramente, respiró aliviado, pues su nueva condición implica mucho menos esfuerzo. A un villano nadie le va a contar las copas que llevaba encima antes de ponerse al volante.

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