martes, 28 de septiembre de 2010

Niebla


El alzeheimer es una enfermedad cruel que conlleva la progresiva incapacitación del paciente, aunque del horror que esto supone lo libera un poco que la consciencia va desapareciendo y su identidad se mueve entre sombras, como preparándose prematuramente para entrar en el reino de la nada. En esta sociedad que está aprendiendo a gestionar una tasa de envejecimiento poblacional cada vez más elevada, van apareciendo poco a poco, instituciones y servicios especializados para tratar y atender a los ancianos, especialmente a aquellos que física o cognitivamente no se sirven por sí mismos.
Si bien es cierto que la geriatría está afinando y que en estos centros se dispone de medios y especialistas que ayudan a mejorar la calidad de vida de los usuarios, estos servicios sirven principalmente para desahogar a las familias, incapaces de hacerse cargo de los cuidados que requieren sus mayores. Esta es la razón de ser de los centros de día: instituciones donde los pacientes reciben estímulos durante el día al tiempo que sus familias continúan con sus frenéticos ritmos de vida. En el mejor de los casos, al acabar la jornada en el centro, los parientes reciben a los enfermos en casa y continúan con la doble labor de atenderles y vigilarles. En el peor, los enfermos viven en residencias a las que regresan después de sus actividades en el centro de día.
Y en estos traslados, que siempre incluyen sillas de ruedas, personas de escasa movilidad y rutas complicadas, los pacientes sufren una especial agitación. Los cuidadores se encargan de tranquilizarlos, subirlos y llevarlos de nuevo a la residencia. Hace poco más de una semana, uno de estos cuidadores, que además era conductor y propietario de la residencia, cometió el imperdonable error de olvidarse a los dos últimos pacientes en la furgoneta. Los dos pasaban de los ochenta años y con un deterioro físico y cognitivo grave. Tras diez horas de encierro, según dice la autopsia, murieron por deshidratación.
Es inevitable pensar en qué pasó durante esas diez horas de lenta y absurda agonía por las cabezas de los dos ancianos. ¿Un atisbo de conciencia? ¿Esa lucidez que precede a la muerte del Quijote? Acaso sólo atisbaban a pensar que algo había extraño, que ellos no deberían estar ahí, en ese momento. Sentirían sed, y ahogo, y calor. Quizàs llegaran a intuir que bocanada de aire sería la última.
Quien debería haberlos sacado de la furgoneta y no lo hizo se enfenta ahora a una pena de entre 2 y 8 años de cárcel y confiesa estar destrozado. Sirve de poco haber sido conmpetente cada día, si llega ese día en que tu pifia le puede costar la vida alguien. Haciendo un hercúleo esfuerzo de empatía se puede llegar a entender que las múltiples responsabilidades, el stress permanente y el cansancio llevaron a este hombre a cometer el error fatídico, pero quedan muchas otras preguntas pendientes: ¿Por qué el traslado lo realizó una sola persona? ¿Por qué nadie en la residencia se percató de que les faltaban dos inquilinos? ¿Cómo se le puede olvidar a alguien algo así? Tambien en el campo de lo frívolo sobrevuela otra cuestión. ¿Sé puede morir uno en diez horas, por anciano o enfermo que esté?
Las familias de las víctimas no han querido denunciar ni al centro ni al arrepentido conductor. Quizás sea porque en esa espiral de culpas a ellos también les remuerde haber mandando al abuelo a morir en una furgoneta aparcada en medio de ninguna parte, con sólo la compañía de otro condenado. Y los muertos, ya libres de la silla y de la cárcel de un cerebro pétreo, ya no saben, ni necesitan, ni viajan, ni sufren, ni gozan. ni nada.

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