jueves, 20 de enero de 2011

Horizontes


Si algo echo en falta en este Madrid que me mata y me revive es el mar. Ni es la primera ni la última vez que me oiréis decir estas palabras, y seguramente ya me habré explayado (o no, pues pierde uno ya la cuenta de lo contado) en explicaros las razones de esa añoranza absurda que yo, nacido en el secano de asfalto, siento por el Mar. Hace poco, por fin saqué en claro que era lo que más extrañaba de todo: el horizonte.

En Madrid, el horizonte no existe, o no es limpio y lo recortan casuchas o rascacielos, o autopistas que suben a las montañas, cerrando a los ojos la posibilidad de no tocar fondo. Ante el mar uno puede atisbar, desde su punto de vista humano y por tanto limitado, pequeño, caduco, conceptos tan enormes como infinito o eternidad. Allí, con la mirada puesta en el punto en que cielo y agua parecen abrazarse, se puede encontrar eso que tantos otros han buscado toda la vida o acaso allí, proyectado sobre el horizonte, se nos muestra eso de nosotros que no aflora nunca o que fue silenciado y enterramos con todas nuestras fuerzas. De repente, ante ese azul inmenso que sólo la ciencia nos ha convencido que no es infinito, se nos revela aquello que el ruido de la vida no nos dejaba ver. Al poeta, entonces, le broten quizás unos versos, y una melodía al músico, y al que vive un suspiro de nostalgia por lo ya vivido.

Y a los enamorados, que comparten ese silencio místico abrazados, el horizonte marino les devolverá la esperanza de un futuro juntos y les quitará, aunque sea sólo un instante, la desazón que produce a todo ser humano el saber que todo se acaba, antes o después.
El horizonte puro, soñado, limpio, inmaculado, sobre el que escribir nuestras historias viejas, nuestros sueños, o sobre el que simplemente dejar caer la pesada losa del pensamiento y ocuparse sólo en distinguir los colores que caben en el color azul, y allí, encontrar la paz.
A fin de cuentas, encontrarse con lo inmenso es descrubrir lo pequeño que es uno, lo insignificantes que son los pulsos que le laten, le queman, dentro. Porque, pese a toda esa carga que nos empeñamos en arrastrar, el mundo sigue girando sus vueltas.  Gira ajeno a la revolucíón de Túnez, a las pobres muchachas de Berlusconi, al recorte de la deuda autonómico o a la semifinal de Copa. Sus vueltas continúan sin que afecte a su movimiento lo más mínimo el retraso de la edad de jubilación, pues su tiempo es muy distinto al de los parásitos (si, dije parásitos) que lo habitan.
Todo esto a mí me lo recordaba el mar, sin nada que turbara o distrajera mi mirada, en ese simulacro de eternidad. Pensaba esto cuando, de repente, agitado, salté de la silla y como un Arquímedes de pacotilla eurekeé. Para volver a encontrarme ante ese horizonte, no tenía que huir lejos ni escapar, sólo era cuestión de cerrar los ojos y concentrarse para volver a estar ahí, con el infinito en frente. Bajé los párpados lentamente, pero con una decisión casi triunfal. Inspiré con suavidad, y mientras soltaba el aire lentamente, me concentré y vi el sol cayendo sobre el mar. No sé cuanto estuve allí, pero sentí una paz que me venía haciendo falta. Y me quedé dormido. Me despertó el camión de la basura y el traqueteo de cubos vacíos y los silbidos de los operarios. Mierda.

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