viernes, 25 de febrero de 2011

La victoria no es una utopía, la utopía es una victoria


Es obvio, y no precisa de una aguda capacidad de análisis, que el mundo no funciona como debería, que dista mucho de ser justo y que parece regido por normas y organizaciones (gubernamentales o no) fraudulentas. Es también bastante evidente, o al menos así me lo parece a mí, que dicho estado global tiende más a mantenerse que a variar, a conservar su status quo. Claro que cambia, igual que gira, pero no hay nada en su evolución que deje ver aquella idea manida llamada progreso. El mundo fue y será una porquería, como decía el tango, y a uno le entran ganas de apoyarse en la barra y disfrutar de un cambalache amargo, que le devuelva con ese sabor a injusticia una breve vía de escape, una grieta en el telar de Aracne.

Me baso en la observación de lo que veo y de lo que he visto, y de lo que vieron los que estuvieron antes que yo y cada uno, como pudo, quiso contarnos. Mi desesperanza, mi falta de fe en un mundo mejor, sería un excelente motivo para la inacción, para el cinismo, para expresar en una risa amarga un desengaño y tomar distancia de una realidad que cuesta encajar. Pero no puedo.
Imaginemos un portero al que han cogido adelantado y al que le cuelan el balón sobre su cabeza. El esférico se dirige irreversiblemente hacia la portería. En nueve de cada diez ocasiones, la parábola se completa en gol, y el portero no puede hacer absolutamente nada. De hecho, hay muchos que no lo hacen, que giran sólo la cabeza y dejan ver en las cámaras lentas un gesto torcido: el de asumir esa pequeña derrota que es siempre un gol. Pero hay otros, quizás con más coraje o quizás con más fe que, tan pronto como leen la jugada, se dan la vuelta y corren, con todas sus fuerzas, hacia la portería, con el único y firme objetivo de sacar la pelota, de que no cruce la línea, de no dejarse derrotar o no entregarse sin lucha. Como decía, nueve de cada diez veces es gol. Seguramente no merezca la pena correr, ni esforzarse, para acabar recogiendo el balón de la red. Pero el arquero que corrió hasta al final, cuando acabe el partido, y se duche, se mirará al espejo y no se avergonzará de si mismo.
Desde esta imagen trabajo, desde el pesimismo activo, de saber que la partida está perdida pero actuar como si no fuera así.  Alguna vez, me digo, llegaremos a salvar un gol imposible, o por lo menos no podremos reprocharlo el no haberlo intentado. Decía Camus que todo lo que había aprendido sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debía al fútbol. Aislado de la podredumbre que lo rodea, la verdad es que una excelente escuela. Corred hacia vuestras porterías, salvad vuestra jugada imposible, no bajéis los brazos alegando que la victoría es una utopía, porque es al reves, la utopía es una victoria.

1 comentario:

  1. grande gerard...un chorro de optimismo, con la que está cayendo. ayer escuché una cita cojonuda, algo así como "dejemos el pesimismo para tiempos mejores"

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