Abre los ojos. Despierta. Apaga la alarma del móvil. En realidad, es el otro botón. Así sólo consigues diez minutos más de ilusión, de falsa protección bajo tu edredón caliente. Arriba, tienes trabajo que hacer. Mírate al espejo. Menos mal que no tienes que salir así. Ráscate, orina. Quémate y congélate en lo que encuentras el punto de la ducha. Tropieza al salir y maldice por primera vez a los dioses. Sécate, arréglate, ponte ropa mal planchada. Desayuna ausente mientras dejas que un locutor te marque el ritmo del primer pensamiento. Si te quedara pan de la noche anterior, no tendrías que zampar bollería industrial. Lávate los dientes. Siente y disfruta de ese antinatural aliento fresco, sólo tú llegarás a olerlo. Beberás, se te secará la lengua, comerás un chicle o fumarás, pero sólo en ese momento, recién enjuagado, puedes disfrutar de ese invierno nuclear dentro de tu boca.
Sal al mundo. La bofetada es intensa: climática, rítmica, sónica, social. En realidad, no estabas despierto de verdad hasta este momento. Corre a tu coche, o tu moto, o tu parada de autobús. Llegas tarde, y el autobús no pasa, o la calle está bloqueada por el camión de la basura. Intercambia insultos con el mundo al volante de tu coche. Recibe y emite amenazas de muerte con naturalidad. Enamórate de los ojos que tienes enfrente en el transporte público, o gorréale periódico al de al lado, con la discrección que exigen ambos ritos socialesl. Si eres de moto llegas bien, pero hecho un carámbano, y con ganas de abrazar el radiador de tu jefe.
Trabaja. Produce. Escaquea material de oficina. Revisa tu correo, redes sociales, pintura de uñas o periódicos deportivos. Compite. Han despedido a unos cuantos últimamente y sabes de sobra que no eres imprescindible. Te has partido el lomo por la empresa, y te llevas bien con todo el mundo (incluso con los que no soportas), pero la cosa está mal y el puesto peligra. Demuestra eficiencia. Siéntete útil. Apura los tiempos. Puedes reducir quince minutos de tu hora para comer. Puedes quedarte una hora más. Menudo marrón que os ha caído encima este mes. Ni mires el calendario. No hay fiesta, ni puente, ni vacaciones a la vista.
Inicia la aventura de regreso. Pasa por el centro primero. Si te vas a casa ya no sales ni de coña. No te vendría mal hacer unas compras, quizás aún puedas cargarlo en la tarjeta. Vete a una exposición. Experimenta como tus piernas se duermen de pie. Planteáte si te has insensibilizado al arte ante este aburrimiento que te recorre el cuerpo. Excúsate diciendo que estás cansado y que te cagas en el postmodernismo islandés. Queda con amigos. Tomáte unas cañas y échate unas risas con un ojo puesto en el reloj de la tasca. Cada minuto que pasa te apetece menos irte, pero son sesenta segundos menos de sueño. Haz que se duerma ese pensamiento que, por algún motivo, tú ubicas en la conciencia.
Sal al mundo. La bofetada es intensa: climática, rítmica, sónica, social. En realidad, no estabas despierto de verdad hasta este momento. Corre a tu coche, o tu moto, o tu parada de autobús. Llegas tarde, y el autobús no pasa, o la calle está bloqueada por el camión de la basura. Intercambia insultos con el mundo al volante de tu coche. Recibe y emite amenazas de muerte con naturalidad. Enamórate de los ojos que tienes enfrente en el transporte público, o gorréale periódico al de al lado, con la discrección que exigen ambos ritos socialesl. Si eres de moto llegas bien, pero hecho un carámbano, y con ganas de abrazar el radiador de tu jefe.
Trabaja. Produce. Escaquea material de oficina. Revisa tu correo, redes sociales, pintura de uñas o periódicos deportivos. Compite. Han despedido a unos cuantos últimamente y sabes de sobra que no eres imprescindible. Te has partido el lomo por la empresa, y te llevas bien con todo el mundo (incluso con los que no soportas), pero la cosa está mal y el puesto peligra. Demuestra eficiencia. Siéntete útil. Apura los tiempos. Puedes reducir quince minutos de tu hora para comer. Puedes quedarte una hora más. Menudo marrón que os ha caído encima este mes. Ni mires el calendario. No hay fiesta, ni puente, ni vacaciones a la vista.
Inicia la aventura de regreso. Pasa por el centro primero. Si te vas a casa ya no sales ni de coña. No te vendría mal hacer unas compras, quizás aún puedas cargarlo en la tarjeta. Vete a una exposición. Experimenta como tus piernas se duermen de pie. Planteáte si te has insensibilizado al arte ante este aburrimiento que te recorre el cuerpo. Excúsate diciendo que estás cansado y que te cagas en el postmodernismo islandés. Queda con amigos. Tomáte unas cañas y échate unas risas con un ojo puesto en el reloj de la tasca. Cada minuto que pasa te apetece menos irte, pero son sesenta segundos menos de sueño. Haz que se duerma ese pensamiento que, por algún motivo, tú ubicas en la conciencia.
Vuelve a casa como puedas. Te diría que no condujeses si has bebido, pero lo vas a hacer igual. El autobús nocturno es un gran observatorio del género humano: parejas apasionadas, borrachos jóvenes y alegres, borrachos viejos y tristes, trabajadores de hosteleria, lectores solitarios. Plantéate que ves de ti en cualquiera de ellos.
Encuentra la llave correcta. Descálzate. Encuentra algo comestible en la nevera y combínalo creando un monstruo culinario. Engúllelo. Atragántate. Bebe agua. Ráscate. Orina. Mírate en el espejo. Buf. La cama aparece entonces, como promesa y destino. Pero no puedes derribarte sin más. Prepara la ropa. Pon la alarma que mañana prolongarás demasiado tiempo. Lávate los dientes y revive el invierno nuclear dentro de tu boca. Ahora sí, métete en la cama.
Ahora siente el silencio. Ahora escúchate. Empieza a pensar que tú eras el que estaba detrás de ese millón de acciones. Ubícate dentro del frenético enjambre en el que has desempeñado tu papel. Calcula el número exacto de kilocalorías consumidas. Preocúpate de las deudas, las dudas, los problemas de autopercepción. Ten sexo en soledad o en compañía. Cuéntate cuentos sobre un futuro en el que no parezca todo tan negro. Planea el fin de semana. Recuerda ese momento divertido. Imagina como debe ser ver ponerse el sol en Estambul. Duerme, duerme, duerme...
…..................................................................................Y sueña.
Tremendo!
ResponderEliminar