Odio los paraguas. Sencillamente, los detesto. No os vayáis a creer que me opongo sistemáticamente a su uso por mi parte o por la de cualquier otro. Simplemente me molestan, entre otras cosas, porque hacen que uno de los fenómenos naturales más democráticos que existen, la lluvia, caiga sólo para unos pocos. También es porque me encanta mojarme, sentir la gota que resbala por mi pelo y me cae a la mejilla, y que después sigue bajando, calando el abrigo de arriba a abajo, penetrando poco a poco en la ropa. Un amigo me contó que una vez corrió desnudo bajo la lluvia para recordar a un amigo, y que nunca se sintió tan libre como en aquel momento. Ciertamente, no era más que un animal más corriendo con su piel bajo la lluvia. Sólo un animal más, sin la convención social que obliga a la humanidad a vestirse, ni la humana lógica de guarecerse de los elementos.
Pero, como iba diciendo, me crispan los paraguas. Cada día de lluvia, mientras yo me mojo más de lo que debiera (me constipo como cualquier otro), me veo rodeado de esos elementos extraños que nadie sabe bien cómo utilizar. Los venden en las puertas del Metro o a la salida de los centros comerciales algunos de esos amables oportunistas que te venderán una gorra en agosto o unos cuernos de reno en Navidad. Hay quien es más previsor, o más paraguófilo, y lo trae de casa. En ese caso, casi sin lugar a dudas, el artefacto es de mayor calidad y diseño. Desde hace algún tiempo se ven mucho unos transparentes y con mucho arco, en los que el usuario, o la usuaria, parecen caminar dentro de una cápsula de plexiglás, con la ventaja de que pueden ver lo que tienen en frente. En el caso de los demás paraguas, los opacos, ya sean señoriales o divertidos, bien construidos o de escasa calidad, esto no pasa, y a menudo quien lo empuña lo hace como si fuera un escudo de hoplita griego, avanzando como si la lluvia fuese un enemigo temible. Pero claro quien avanza así, no ve lo que tiene a un metro, y sólo puede mirar al suelo mojado mientras camina. Entonces choca, o te clava el pico del paraguas, y lo más probable es que ni siquiera se dé cuenta.
Compartirlos, los paraguas, es casi peor. Existen muy pocos casos en los que dos personas tengan las alturas, las anchuras, los ritmos de marcha y la confianza necesarias para que la operación no resulte un desastre, tanto estética como prácticamente. Más de una vez yo, harto de agacharme para no salirme ni golpearme con ese paraguas que empuñaba una chica bastante más baja que yo, he acabado por renunciar, lo más amablemente que he podido, a la deferencia.
Y luego, se rompen. Se les doblan las varillas, y se abren al revés, o falla el finísimo aluminio hueco que no aguanta un mal golpe de viento o una mala caída, o el enganche de arriba deja de enganchar, y el paraguas se cierra. Si la fractura o el desperfecto es leve, quizás regrese a casa para acabar, por lo menos, en el cubo de la basura. Pero es muy normal ver, cada día de lluvia, decenas de paraguas rotos acumulados en las papeleras, abandonados en los parques, girados por el viento en un descampado. Es en ese momento, cuando ya se han vuelto inútiles y se convierten en un objeto más que desfilará de aquí allá hasta encontrar un vertedero (donde no desaparece, por cierto), no los odio tanto. Hasta empatizo.
No digo que alguna vez no los haya usado, que no me hayan salvado el culo antes de una entrevista, que no haya empuñado uno e incluso lo compartiera con alguien, por incómodo que fuera, sólo por tener cerca a ese alguien. No digo no haber tirado jamás un paraguas. De hecho, he tirado muchos. Un día, en Dublín, llené un saco de basura sólo con paraguas rotos. Motivos de trabajo, la gente siempre se olvida los paraguas, y más cuando están rotos. En aquel establecimiento guardaban, sin exagerar, cincuenta. Como teníamos que dejar pelado el almacén, mi compañero y yo cogimos los que no estaban rotos, salimos a la calle y los repartimos. Llovía a cántaros, y los dublineses, para quien la lluvia es el menor de los problemas, recibieron los umbrellas y los agradecieron, divertidos. Sólo un señor se negó. Me dijo que le gustaba mojarse. Después, le vi doblar la esquina frente al Parlamento.
Y yo, con cinco o seis paraguas en la mano, y ninguno cubriéndome, vi marcharse aquel hombre. Y me pareció un hombre libre.

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