En realidad, de ningún tema sé lo suficiente como para enunciarlo por escrito. No soy viejo, ni sabio, ni especialmente dotado para explorar en los recursos estilísticos. A veces junto tres palabras o dos frases con gracia. Poco más. Y sin embargo escribo. Es un acto que ya he explicado, y que tiene que ver más con la necesidad de comunicar (o de tratar a la desesperada de hacerlo) las cosas que me pasan, que me trasmutan, que me conmueven o que, simplemente, me preocupan. Volviendo la vista atras, nunca os he hablado de lo más importante de todo, o lo que debería serlo: el amor.Porque a fin de cuentas, y pese a ser un sentimiento sumamente devaluado en estos tiempos que corren, sigue moviendo montañas. Recordad, si lo poneís en duda, lo que habéis llegado alguna vez a hacer por amor. Estupideces, bravuconadas, llantos, seducciones, estrategias, trabajos, locuras; recordad cómo os levantó un palmo del suelo durante días enteros, u os tuvo días sin dormir fijados en el recuerdo de lo amado, presente o pasado. Recordad cada lágrima, cada beso, cada abrazo que parece querer fundir cajas torácicas. Y los celos, daños colatorales de esta emoción que quiere acapararlo todo y subyugar a todas las demás.
Yo no sé por qué nos pasa, por qué nos enajena, nos confunde, nos sacude y nos transforma así. Sólo sé que, en los pocos momentos en los que no he sentido amor lo he añorado como si hubiera perdido el mayor de los tesoros. Yo soy yo, y el fruto de lo que he vivido, y ninguna experiencia vital marca así como lo hace el encuentro con la persona amada. Soy hijo de mi primer beso, de mi primer corazón roto, de mi primera reconstrucción emocional, de los días de inseguridad junto a esa chica que me volvía loco. Soy producto de la convivencia, de los viajes en carretera, de las promesas amorosas selladas en la cama y mantenidas o no en el desayuno. Soy heredero de los abandonos que he sufrido, de ver marcharse media alma, de las discusiones y sus remiendos, de las rupturas más o menos pacificadas.
Nunca un error, ni cuando duele hasta casi matarnos, cuando se ama es casi tan importante el cómo que el cuánto. No hay mayor mentira que la que enuncia que en el amor todo vale, pues aunque en su torbellino nos pueda llevar a cometer cualquier barbaridad, todo arrebato lo condiciona un poco, toda presión lo empuja, lo asfixia, lo mata. A la hora de dejarse llevar por sus caminos, la ética es mucho más importante que la estética.
Disto mucho de haber aprendido la lección, de estar vacunado contra él o su temible opuesto, el desamor. Aún me queda mucho trabajo para poder amar con los ojos abiertos, frente a frente, con la honestidad del corazón, esa víscera donde situamos las congojas. Me queda muchos miedos aún por perder. Me queda trabajo dentro antes de poder compartir el proceso.
Seguramente volveré a sufrir, a hacer sufrir, a caer, a levantarme, a perder la magia o recuperarla y a jugar por tiempo limitado a la soledad. La partida sigue, el pecho late. Eros le gana la batalla a Tánatos, que a fin de cuentas tiene asegurada ya la victoria en la guerra. Vuelven los ojos a cruzarse, los pulsos a alterarse, la sangre a hervir, las mejillas a ser surcadas de lágrimas, la sonrisa idiota de la felicidad, el sexo a abrirnos camino en el alma del otro. La tormenta volverá, o pasará, y dejará, con suerte, tras el viento, un sol dorado que brille para siempre. En todo caso, merecerá la pena.
Yo no sé por qué nos pasa, por qué nos enajena, nos confunde, nos sacude y nos transforma así. Sólo sé que, en los pocos momentos en los que no he sentido amor lo he añorado como si hubiera perdido el mayor de los tesoros. Yo soy yo, y el fruto de lo que he vivido, y ninguna experiencia vital marca así como lo hace el encuentro con la persona amada. Soy hijo de mi primer beso, de mi primer corazón roto, de mi primera reconstrucción emocional, de los días de inseguridad junto a esa chica que me volvía loco. Soy producto de la convivencia, de los viajes en carretera, de las promesas amorosas selladas en la cama y mantenidas o no en el desayuno. Soy heredero de los abandonos que he sufrido, de ver marcharse media alma, de las discusiones y sus remiendos, de las rupturas más o menos pacificadas.
Nunca un error, ni cuando duele hasta casi matarnos, cuando se ama es casi tan importante el cómo que el cuánto. No hay mayor mentira que la que enuncia que en el amor todo vale, pues aunque en su torbellino nos pueda llevar a cometer cualquier barbaridad, todo arrebato lo condiciona un poco, toda presión lo empuja, lo asfixia, lo mata. A la hora de dejarse llevar por sus caminos, la ética es mucho más importante que la estética.
Disto mucho de haber aprendido la lección, de estar vacunado contra él o su temible opuesto, el desamor. Aún me queda mucho trabajo para poder amar con los ojos abiertos, frente a frente, con la honestidad del corazón, esa víscera donde situamos las congojas. Me queda muchos miedos aún por perder. Me queda trabajo dentro antes de poder compartir el proceso.
Seguramente volveré a sufrir, a hacer sufrir, a caer, a levantarme, a perder la magia o recuperarla y a jugar por tiempo limitado a la soledad. La partida sigue, el pecho late. Eros le gana la batalla a Tánatos, que a fin de cuentas tiene asegurada ya la victoria en la guerra. Vuelven los ojos a cruzarse, los pulsos a alterarse, la sangre a hervir, las mejillas a ser surcadas de lágrimas, la sonrisa idiota de la felicidad, el sexo a abrirnos camino en el alma del otro. La tormenta volverá, o pasará, y dejará, con suerte, tras el viento, un sol dorado que brille para siempre. En todo caso, merecerá la pena.

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