lunes, 4 de abril de 2011

Válvulas


Y si te sientes desamparado, estafado, insatisfecho, frustrado o decepcionado, tienes múltiples canales para dar rienda suelta a tu ira. Eso sí, procura que, en su estallido, sólo te manches tú, sólo te hieras tú, que sea tu sangre y tu vómito los que caigan en la acera. Ante la necesidad que puedas sentir de destrucción, te proponemos que comiences por tí mismo. Para empezar, puedes golpearte el hígado cada tarde agarrado a las orejas de un sillón de cuero, a una barra de acero inoxidable o, simplemente, a un tetrabrick de vino. El acto será el mismo: embolingarte para pasar los tragos que te cuestan, o para embellecer tu entorno, o para hacer más soportables a los que te rodean, o para no tener que mirarte al espejo invisible que es la conciencia y que siempre te recuerda dónde te has equivocado.

Disfruta. Prepara la resaca de mañana. Siente el rubor en tus mejillas y cómo se alejan de tí las pequeñas lesiones que ya son tus compañeras de viaje. Eleva el volumen de tu voz inconscientemente. Magnifica tu risa, tu llanto, el sentimiento de amistad y exhibe tus audaces movimientos bailando con tan poco ritmo como pudor. Revela al animal que llevas dentro; déjalo ir, déjalo aullar. Si te peleas, recuerda que perder no está bien visto, y cada vez menos ganar.
Hazte otro porro. Siente que tus ideas vuelan y se retuercen como lo hace el humo al salir entre tus labios. Ralentizar tu pensamiento no implica necesariamente alejarlo de eso que lo ocupa desde hace tanto tiempo. Comparte canuto y experiencias con gente de tu edad, estancada como tú, desilusionada como tú, tan perdida y necesitada de distracciones como tú. Escucha la noche, ciégate con los sonidos, saborea sus imágenes. Ya que estás, cómprate alguna chuchería que restituya tu nivel de glucosa y te permita realizar las actividades más básicas.
Junta unos billetes con tus acompañantes. Compra farlopa a un tipo que no conoces ni volverás a ver jamás. Rebusca entre tus tarjetas y juzga cual es la menos útil, la más sacrificable para la tarea. Descubre, al esnifar, que estás perdiendo capacidad pulmonar. Siente el hormigueo que te invade. Dentro de nada, tu lengua empezará a escupir toda esa tensión.
Entre tanto, no olvides filosofar, bromear, cantar. Procura encontrar compañía del sexo opuesto. Si ya tienes pareja, abrázala o bésala. La pasión del momento es artificial, pero tu magnificación de la experiencia la convierte en algo pleno, un atisbo de realidad, del instante eterno.
Podrías abrir tu cartera directamente, y dejar que cada uno se sirviera lo que necesitara. Total, lo que tengas, lo acabarás poniendo para la causa. Prolonga la noche todo lo que puedas, pero el mundo no cambia sus normas para que tú sigas de juerga. Trata inútilmente de fundirte entre la multitud en tu camino a casa. Intenta pasar desapercibido. Rebusca en tus bolsillos para comprar tabaco, o café. o chicles, o el periódico. Prepara el día de mañana que, como te dices, será distinto. Quizás haga un buen día, y puedas ir al parque y sentir el sol entumeciendo tus miembros llenos de agujetas. Da vueltas en la cama mientras los estimulantes detienen su pernicioso efecto sobre tu actividad neuronal. Resitúate en el mundo y juzga lo que has vivido otra noche más. Piensa en cuántas noches más quedan hasta sacar conclusiones relevantes. Finalmente, duerme y ten sueños extraños. Si los recuerdas, quizás puedan arrojar alguna luz.
Despierta. Asómate a la ventana. Llueve. De todas formas ya es demasiado tarde para ir al parque. La válvula se cierra, y el telar de tú posición se teje de nuevo. Seguro que ahora no tienes fuerzas ni ganas de cambiar eso que te ha hecho sentirte desamparado, estafado, insatisfecho, frustrado o decepcionado. Todo vuelve a su sitio, y tú a tu puesto dentro de la máquina.
El opio del pueblo es el opio.

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