martes, 24 de noviembre de 2009

El campo y la ciudad


                         fotografía: Luzycolor.org

No hace mucho tiempo, todavía era posible ver, en determinadas zonas de Madrid, alguna huerta, algún burro y alguna mujer lavando en la orilla del río, pero lo cierto es que, a día de hoy, el urbanismo de cemento y cristal ha desterrado cualquier sombra del tiempo rural. Por eso no deja de sorprender cuando, todos los años, los pastores toman el camino que les pertenece desde el siglo XIII y atraviesan la Castellana junto con sus ovejas en un tráfico menos ruidoso que el que suele acoger.
Escuchar el tintineo de los cencerros en lugar de los cláxones no deja de ser una sensación extraña pero agradable, una ruptura con una rutina impuesta que esconde al ciudadano de donde viene su comida antes de aparecer misteriosamente en su supermercado o ni eso, en el plato. Algún madrileño habrá, seguramente, que no haya visto un filete crudo en su vida, como para plantearse el pasar por el trance de ver el degüello de un cerdo en matanza.
El sábado Madrid recuperó parte de su alma rural, y recibió a miles de agricultores, que no se dejaron caer por el centro por recordar viejos tiempos ni honrar a San Isidro Labrador, sino porque había llegado el momento de pedirle cuentas al gobierno. Exigían cambios en un modelo caduco por el que los productos agrícolas cuestan muy caros a los consumidores y se pagan muy baratos a los productores. Entre medias, como en el truco de un mago, desaparece un dineral en intermediarios y el campo sufre las consecuencias.

Las principales vías de acceso a la capital estaban colapsadas de autobuses, que aparcaban en cualquier sitio y descargaban a los agricultores, muchos de ellos con el bocadillo preparado y el slogan a punto de salírseles de la boca. Recorrieron la ciudad en una mañana cálida de otoño, que amenazaba con descargar lluvia pero se contuvo. Y en sus caras se veía la preocupación que traían de casa, y la sorpresa que les producía la ciudad que conquistaban, y de su boca salían risas y piropos a las mocitas madrileñas, que si iban alegres y risueñas no era por ver a su Madrid.
La Villa tomada por extraños, por paletos, y los aborígenes, espantados o divertidos, maldiciendo un día más y sufriendo ataques de inconstitucionalismo extremo, cagándose en el derecho de Manifestación porque ni un sábado se puede conducir en esta ciudad de locos.
Y los agricultores, con el orgullo que manan los profesionales de verdad, los que se doblan el espinazo bajo el sol y contra el viento, recorriendo la Capital de todas las Provincias, exigiendo un reparto más equitativo de dividendos. Fueron 100.000 según los organizadores, unos 12.500 según la rigurosa empresa de contar personas Lynce, que sigue empeñada en quitarle el mérito de la cifra a cualquier movimiento ciudadano. Por la noche, muchos agricultores volvieron a sus casas, y otros se quedaron por las calles de Sol, Fuencarral, Huertas o la Gran Vía, descubriendo sus neones y su farolas, sus chinos vendiendo de todo en cada esquina, sus desfiles de gente que habla a gritos y no mira y choca. Perdidos en la lubricidad urbana, los hombres del campo se olvidaron de sus miserias. Mañana, de vuelta en el pueblo, se enfrentarán de nuevo con ellas, pero darán un paseo cruzándose con vecinos de los que sabrán el nombre y verán atardecer sobre los campos solitarios de los que han vivido toda su vida.
-No está mal, Madrid, pensarán.- Pero esta puesta de sol, no la tienen allí, ni este aire.

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