lunes, 14 de diciembre de 2009

Apuntes de sociología profana: las hordas navideñas.


Los habitantes de Japón han aprendido a vivir con tifones regularmente y, según me cuenta mi amigo Leo, recién llegado de su inmersión japonesa, en Tokio uno va a trabajar, aunque corra el riesgo de salir volando hacia la tierra de Oz. Supongo que al final, todas las poblaciones tienden a lograr un equilibrio razonable con su hábitat. Como la época de los tifones nipones, los madrileños sufren anualmente la temporada de las hordas navideñas que invaden masivamente el centro con la coartada de ver las iluminaciones y mirar escaparates.
Miles y miles de personas, con sus coches colapsando las calles, y los que no tienen coches colapsando el transporte público. Casi imposible caminar a otro ritmo que no sea el del rebaño, alienado por los destellos y la sobreinformación sobre precios, rebajas y modalidades de pago. Uno cruza estos días la Gran Vía intentando hacer algo concreto, (trabajar, por ejemplo) y se ve obligado a esquivar en un eslalon constante a parejas que pasean cargando bolsas, a chavales colapsando una tienda de deportes, a oficinistas trajeados y borrachos tras una cena de empresa o a pandilleras adolescentes con cuernos de reno en la cabeza.
Toda esta gente parece confirmar el estereotipo elitista clásico: el individuo es inteligente, la masa estúpida. A nadie se le ocurriría lucir cornamenta de reno o diademas con luces en solitario, pero el grupo actúa como deshinibidor y el inventito triunfa. Madrid es un auténtico infierno en navidades, porque todo el mundo dedica varios días a colapsar el centro mirando quince mil productos de los que comprará un uno por ciento días después en un polígono industrial.
La visita al centro se toma como una actividad en sí misma, sin salir ni ir a actividades culturales. Simplemente pasear y comprar chorradas. La ciudad, que sabe ver un buen negocio, tiene de todo: en la Plaza Mayor, el mercadillo tradicional de figuras de belenes, artículos de coña y zambombas fétidas; en Sol, la interminable cola de ludópatas, como locos por coger un número de Doña Manolita; Preciados, el epicentro del consumismo clásico; Callao con Pista de Hielo y la nueva Fuencarral peatonal, abarrotada de modernos dispuestos a vaciar carteras y renovar armarios.
Y entre medias, el individuo ajeno, aunque puede haber formado parte de las hordas navideñas en otra ocasión, se siente completamente exasperado, y lucha con pertinaz insistencia contra las hordas, intentando conseguir acciones cotidianas que en cualquier época del año serían coser y cantar. El puente de la Consitutción sólo fue una rotunda advertencia de lo que se viene encima, y la experiencia de otros años lo avala: las hordas irán creciendo en número a nivel exponencial hasta llegar al cénit de la puerta del Sol en Fin de Año, apoteosis sublime de estos grupos incontrolados.
Y, como los tokiotas aguantan los vientos huracanados y las lluvias torrenciales para llegar a tiempo a la oficina, los madrileños se adaptan a la plaga de los visitantes navideños, y tratan de llegar a sus citas y cumplir sus recados pese a la invasión de las hordas. Para todos lo que a veces, envidiáis nuestras cosmopolitas vidas urbanas: el precio de vivir en la ciudad, es que todo es demasiado grande como para esquivarlo. Sólo quedan dos opciones comprarse un gorro de Papa Noël y unirse al enemigo o fruncir el ceño mientras se trata de salir del metro. Yo, me quedo con la segunda opción.

1 comentario:

  1. Jajaja buenísimo Gerar...Creo que estos días si subo a Madrid será con un Yukata (Especie de Kimono de verano) y una Katana abriendo pasó cual samurai en la Era Edo. Cuando me detengan podré alegar que no mataba hombres, reducía una plaga por el bien del individuo, Atenuante y en dos días en la calle ^^

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