Monseñor Rouco Varela observa desde su asiento a los miles de persona que siguen la Misa de las Familias en la Plaza de Lima. Flemático, no puede evitar torcer un poco el gesto. Hay menos feligreses que el año pasado en la Plaza de Colón, y eso que, por su parte, ellos han puesto toda la carne en el asador: cuarenta obispos y quince cardenales acudieron desde toda Europa para arropar al Prelado Madrileño, que desde hace años es el líder indiscutible del catolicismo militante en España. Antonio María Rouco asume ese rol con estoicismo escolástico, y se ha preparado a conciencia para ser de nuevo el ariete dialéctico de una Iglesia amenazada por los cambios de una España que hace años memorizaba los catecismos. Conoce bien los límites que Roma le ha marcado. No debe atacar directamente al gobierno, sino mantener un discurso inflexible pero formalmente conciliador.
Llegado el momento, Antonio María se acerca al micrófono para pronunciar su sermón. Tras él, una cruz de nueve metros de alto corona el altar frente al Santiago Bernabéu, que hace ya 27 años acogió calurosamente a Juan Pablo II, próximamente San Woytilla. Traga el prelado saliva y coge aire que en esa fría mañana de diciembre es como recibir una suerte de inspiración divina, y arranca. La familia cristiana, de la que María y José fueron primer modelo, es la expresión directa de la voluntad divina. Seguramente ninguno de los feligreses se pregunta qué clase de modelo matrimonial supone una pareja que, según la tradición católica, nunca mantuvo relaciones sexuales. Prosigue cantando las alabanzas de la familia católica (porque el dice cristiana, pero no tiene legitimidad para hablar por los pentecostales o los ortodoxos) y deja claro que, ahora que los tiempos son duros la familia es el refugio más seguro.
Cumplida la primera parte del discurso, llega el momento de pronunciarse sobre los grandes temas sociales que se batallan desde los púlpitos, el suyo a la cabeza. A Monseñor le encanta reivindicar y reivindicarse, pero las consignas son claras desde el Vaticano. Firme pero suave, como Bogart. La Europa moderna es una amenaza directa al concepto cristiano de familia, facilitando divorcios exprés y poniendo en duda que el matrimonio sea algo más que la unión irrevocable entre un hombre y una mujer; la crisis y el paro también dinamitan familias unidas y el aborto crece por doquier al abrigo de una legislación que lo protege. Lo de siempre, pero sin exabruptos, sin titulares. Rouco va más allá y les dice a sus oyentes que sin ellos, sin los buenos católicos, en Europa no nacerían más niños.
Poco más: agradecimientos y bendiciones. El cardenal calla y, por un segundo, quizás le recorra la cabeza la idea de que ha sido demasiado blando, que los desmanes de este gobierno laicista requieren un discurso más agresivo, pero la jerarquía es algo que no le está permitido poner en duda. Levanta la mirada de nuevo, ve a las masas en la Plaza de Lima y corrige sus impresiones iniciales. Hay menos gente que el año pasado, sí, pero cualquiera organiza algo así en la Plaza de Colón, que está abierta en canal con las obras, y aún así hay bastante gente. Si no fuera por lo exigente que le han enseñado a ser, estaría satisfecho. Aún alejándose del micrófono, vuelve a ojear a la multitud. Debe haber un millón por lo menos, en todo caso eso es lo que dirán mañana.

Fino,muy fino. Yo solicité permiso para aparcar en la Castellana, donde se ubicaban muchos buses de todas las provincias, pero el agente consideró que mi derecho a dejar el coche en medio de la calle no era comparable (yo dije que pagaba impuestos en este municipio y tenía el gusto de ir al Corte Inglés a comprar regalos), eso sí se sonrió por la ocurrencia. Después, en dicho comercio, estaban amplios grupos de varias provincias cumpliendo como yo con el espíritu de la Navidad, mientras la Misa no había llegado al Santus......
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