martes, 16 de febrero de 2010

ÁREA 51


Cuando Kafka escribió “El Proceso”, nos hablaba de un juicio interminable y de un hombre atrapado en una burocracia incomprensible, tan absurda como amenazante. Parecerá aventurado decir que el bueno de Franz no estaba creando una realidad paralela, sino reflejando, a través de su filtro poético, el mundo que le tocó vivir. Lo cierto es que, la etiqueta roja, como llaman los británicos a todos los papeleos y obligaciones legales a los que estamos condenados por nacer tras la revolución industrial, es una carga tan pesada que a menudo acaba doblegando al individuo.
Decir hoy: “el Estado”, es mentar algo tan fuera de nosotros mismos que casi equivale a pronunciar el nombre de Dios. Según los teólogos, Dios está en todos nosotros (o nosotros estamos en Dios, si se quiere), pero no le vemos ni podemos preguntarle, ni quejarnos, ni felicitarle o condenarle por su Obra Creadora. El Estado, por su parte, es ese ente que nos rebasa, del que formamos parte casi inevitablemente y que en lugar de guardar silencio, como el Creador, nos deriva hacia cualquiera de sus millones de ramificaciones, todas con sus toneladas de impresos innombrables, para que nuestra queja o súplica llegue tarde y suavizada por los formalismos burocráticos.
Y nuestro grito de rabia, sólo lo oye el vecino, o nuestro compañero sentimental, o cualquier paisano que camine cerca de la administración local, autonómica o nacional de la que salimos exasperados tras una batalla con el modo de hacer que nos dictan los impresos. No pretendo abolir ni reinventar las normas del juego, porque ni está en mi mano ni tengo una solución mejor, pero es tan corriente ver que no cabemos en esa normativa que nos rige, que inevitablemente surge el pensamiento de acabar con todo.
Por ejemplo, la división territorial y las circunscripciones de todo tipo, desde las electorales que hacen que mi voto, como madrileño, valga menos que el vuestro o el de un señor de Soria a las sanitarias, por las que mi abuela, que vive frente al Gregorio Marañón, tiene que ir al hospital de la Princesa. El caso es que Esperanza Aguirre, que como gran adalid del liberalismo postmoderno, sabe que al individuo estas incoherencias del sistema le joden un poco, ha decidido abolir las circunscripciones sanitarias en la Comunidad de Madrid. La creación de un área única, así lo ha llamado.
La idea es que cada ciudadano madrileño pueda elegir médico y centro sanitario, sin importar donde viva, de modo que podrá tratarle su especialista favorito o podrá ahorrarse unos kilómetros en su trayecto al hospital. Visto así, parece magnífico, pero toda esta gran idea de Aguirre tiene alguna trampa que no se ve a simple vista.
En primer lugar, se pretende la competencia entre hospitales, que según los resultados que obtengan en cuanto al número de pacientes que los visiten, recibirán más dinero de la Administración. Inevitablemente esto lleva a pensar que habrá hospitales de primera y de segunda, y eso hiela la sangre, porque en caso de accidente, los ambulancieros no te preguntarán a donde te llevan, y puedes caer en uno de los menos populares, esto es, de los más pobres.
Por otra parte, la competencia lleva a menudo a que unos y otros ofrezcan los mismos servicios, pretendiendo siempre que el suyo sea el mejor, con la consiguiente inversión necesaria. Como ciudadanos, todos susceptibles de enfermar (del hígado, por ejemplo) y de necesitar la ayuda de un médico, más nos valdría que hubiera un hospital especializado en transplante hepático en lugar de quince equipos de doce personas, todas ellas cobrando y listas, eso sí, para competir y demostrar que el suyo es el mejor servicio.
Y claro, yo, que siempre le busco tres pies al gato, no dejo de preguntarme si esto no se solucionaría mejor con algo de sentido común. Es decir: si usted vive frente a un hospital, que le dejen ir a ese y no al que está a veinte kilómetros; si en la otra punta de Madrid está el mejor especialista en lo suyo, pues por qué no visitarle; y los demás, al que le toque, porque es la única manera de planificarlo todo un poco.
Pero mejor me callo, pues vosotros, formentereños míos, tenéis sólo un hospital, así que mejor no menciono la soga en casa del ahorcado o, como dicen en Colombia, no cuento plata a los ojos del pobre

1 comentario:

  1. area única, thah is the question¡, pero con buenas intenciones, no para darle fondos públicos a amigos\aportadores de comisiones. Claro querido corresponsal ahora también van a regalar hospitales como colegios al clero.

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