martes, 9 de febrero de 2010
LAS CEJAS DEL ALCALDE
Es verano de 2004, y el periodista novato se encuentra en un amplio salón del Ayuntamiento viejo de Madrid, esperando mientras revisa su maletin, su micrófono, su grabadora de cinta. En su misma situación hay muchos compañeros de otros medios, todos mayores que él, mejor vestidos, más preparados y más tranquilos. Al otro lado de la enorme puerta blanca, Gallardón se reune con el todavía Presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. Dentro no hace calor, pero julio está bien entrado y los cuerpos sucumben inevitablemente a la modorra. El tiempo de espera, cada vez más largo, se torna agotador.
El aburrimiento tomó forma de sala de recepciones vacía, y la mente del periodista novato, siempre proclive al chiste y la distracción fantasiosa, ordena sacar bloc y boli y dispara unos versos inspirados en el Alcalde, o mejor, en sus cejas:
Las cejas del Alcalde son toscas, negras, honestas
surcan un ceño que sabe fruncirse del revés,
las cejas del Alcalde, si este miente, suben
buscando escondite entre su mata rizada.
A fin de cuentas, ellas nunca quisieron ser alcalde.
Y claro, el ejercicio de Dadaísmo informativo no le llena nada de ese vacío de tiempo muerto, de peón bloqueado esperando lo que tenía pinta de ser un canutazo sin preguntas, aburrido, soso, institucional. Muerto. En esos momentos, cuando tiene que esperar más de una hora para publicitar sin opción a pregunta el discurso del poder, el periodista novato empieza a comprender la trampa que encierra el mundo en el que se está metiendo. Finalmente aparecen Regidor y Presidente Regional y confirman las pobres expectativas. Una mañana perdida, no hay preguntas, pero a Ibarra siempre se le puede sacar algo. Coger el corte y contarlo luego en cincuenta segundos. Un coñazo, vaya,
.
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