jueves, 11 de febrero de 2010
Crónica sincera, sinceridad crónica (15.02.2004)
Era medianoche. El periodista novato trataba de estrujarse los sesos para publicar otro artículo. Su novia leía una revista sentada sobre sus piernas dobladas, como La Sirenita de Copenhague. El mundo estaba lleno de noticias, pero a sus ojos que ojeaban desesperadamente el periódico (no había hecho los deberes), no llegaban. Quiero decir que llegaban, pero que en ninguna veía la historia de nadie que necesitase contarla. De todas formas, el error ya se había cometido. No se puede buscar noticias en los periódicos porque ahí ya están muertas. Algo importante (o no) ha pasado en el mundo real y a un pez gordo (o no tan gordo) se le ha ocurrido enviar a un periodista novato (o no) a cubrirlo. Éste llega, registra datos y trata de construir una historia coherente donde, a menudo, no la hay. Total que una historia real que ocurrió a personas, como usted y como yo, aparece impresa en un papel grisáceo. Y muerta. Tan muerta como suelen estar sus protagonistas, bien acuchillados por la persona con la que dormían o bien reventados por una bomba que, desgraciadamente, no era para ellos pero acabo siéndolo. Es ese punto donde al periodista novato le pareció que debía hacer hincapié. Quería gritar desde la tribuna que le ofrecía un periodicucho entrañable que costaba un parto sacar cada quincena. Quería hablar a sus no lectores (lo cierto es que nadie leía lo que escribía) sobre personas que se peleaban, robaban o eran robadas, reían, lloraban y morían. Pero se deprimía constantemente tras verlos después en sus historias muertas, en sus crónicas de hechos que parecían haber pasado hace mucho tiempo y a los que siempre llegaba tarde. Y sentía que ningún trabajo era más inútil que el suyo. Seguía sin saber de qué escribir. Ni siquiera sabía ya por qué lo hacía. Hasta sintió una tremenda desazón de una sociedad que andaba siempre preocupada por saber lo que ya nunca volvería a ocurrir. Decidió, por una vez, no participar en su juego, no contarles historias muertas a los vivos para que estos se sintieran más vivos. Se le ocurrió que con un artículo podría entretenerles un rato, hacerles perder el tiempo que exprimían con drogadíctica ansiedad. Miró a su novia que se levantó para ir a la cama. Mientras cruzaba la puerta, el pelo descubrió un poco de su nuca, y le devolvió un poco las ganas de vivir. Empezó después a escribir estas líneas, que ahora acaban
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