Vivimos encadenados al tiempo, su lento devenir nos da templanza. La vida de un hombre es breve, el tiempo del hombre es largo. Perdón por meterme así, sin calentamiento ni lubricación verbal previa, en el mayor de los problemas humanos, el del transcurso del tiempo. Tiempo, decía Heidegger, es aquella magnitud en la que ocurren las cosas, la manifestación lógica de una materia que siempre está en movimiento. El tiempo es, para muchos, absoluto, y sin embargo relativo. Cosmologías de Einstein aparte, lo cierto es que, sin necesidad de reloj o calendario, sentimos el peso de nuestra duración sobre la tierra, nuestra eterna decadencia ante su implacable paso.
Quizás por eso el tiempo nos curve la espalda, para que nuestra vejez esté más cercana a la tierra, esa que nos engullirá sin esfuerzo. Nosotros, que nos sabemos limitados, mortales, sufrimos quizás más por la espera del final que por el final en sí, pero lo ocultamos y hacemos de nuestra vida una sucesión cíclica de eventos que llenan nuestra percepción temporal. Entramos así en una problemática del tiempo mucho menos metafísica, más cercana.
Un día tiene 24 horas en nuestro cerebro, pero para nuestro cuerpo tiene la noche y el día, el momento de comer, el de dormir y el de mayor actividad neuronal. En teoría, y en un mundo perfecto, este biorritmo debería encajar en nuestros horarios laborales y vitales, pero no lo hace, y llegamos al trabajo con sueño, comemos a veces por la tarde y durante las noches se recupera el tiempo que a uno le ha robado el sistema. Al final acaba uno dormido dando cabezazos contra el cristal del autobús o con los ojos como platos, recontando las impurezas del gotelé del techo sobre nuestra cama.
Mi amiga Marta está experimentando estos días su propio trastorno temporal. Considera que el cambio de hora le ha robado sesenta minutos de su vida y además, le garantiza trastornos energéticos durante un mes. Dice que no hay ninguna necesidad de cambiar la hora, de romper nuestra lógica corporal dos veces al año en pos de un dudoso ahorro de energía o de disfrutar de las tardes un mes antes. La verdad es que yo, que altero mi biorritmos más a menudo de lo recomendable, no he notado tanto el cambio, pero reivindico con Marta esos sesenta minutos robados, entre las dos y las tres de la mañana de un sábado, esos que podrían haber conformado el mejor momento de la semana, tomando una copa y charlando con mis amigos sobre el paso del tiempo.
Exijo a las autoridades que me devuelvan esa hora usurpada, que me restituyan ese tiempo mío, que no compensa el que me regalaron en octubre. Exijo sesenta minutos más, pero libres, fuera de cuentas y de sistemas métricos, huído del ataque cruel del secundero de mi despertador. Ah, y en Honolulu, a poder ser.

Han trazado líneas imaginarias por todo el planeta, apoderándose así del espacio y creando fronteras. Nos han hecho creer que un trozo de papel desgastado vale algo y es intercambiable por bienes y servicios. Y ahora se apoderan de nuestro tiempo cambiándolo a su antojo.
ResponderEliminarAhora me voy a grabar y me reclaman... Otra forma de robarme el tiempo, en fin; ya lo decía Constantino Romero: "El tiempo es oro"
Muy bien escrito este post Gerar, no sólo porque esté de acuerdo con el contenido sino porque has manejado muy bien las palabras y te has puesto metafísico. No he dormido mucho, así que la que lo mismo no se explica bien soy yo, pero ya sabes que pienso que escribes muy bien.
ResponderEliminarYo creo que son los hombres grises de Momo, los ahorradores de tiempo, los que nos están robando y tenemos que hacer algo al respecto. Mientras nos devuelven toooodas las horas que nos han robado podemos luchar contra ellos quedando mucho más y aprovechando cada minuto con las personas a las que queremos.
Muchos besos