Dicen que el gran problema de nuestra economía es la pérdida de competititvidad, osea que nuestro trabajo no rinde ni en tiempo ni en dinero los beneficios que debería producir. Este argumento, completamente cierto, está ligado a un ruido permanente que pretende recuperar esa productividad perdida a golpe de tijeretazo social. Como el trabajo no rinde, declaran esos grandes gurús de la economía moderna (esos mismos que nos guiaron sin que les temblara el pulso al abismo), la solución pasa, indefectiblemente, por lo que se llama la flexibilización del mercado laboral, eufemismo liberal que significa abaratamiento del despido.
Este argumento es, como tantos otros axiomas del capitalismo, cierto sólo a medias. Una desregulación de la mano de obra favorece el dinamismo de una economía, porque el trabajador se ve obligado a maximizar su esfuerzo para no ser despedido y tanto él como el empresario pueden elegir más fácilmente nuevos horizontes. En teoría, perfecto. Pero si uno saca ese supuesto ideal y ve cómo funcionan los mercados bursátiles, observará que, si una empresa está cotizando a la baja y despide a miles de trabajadores, inmediatamente sus acciones volverán a subir. No soy economista, pero nunca he entendido esto de ver al trabajador como un lastre que, soltado a tiempo, puede relanzar el globo aerostático en el que vuelan los billetes.
Volviendo a la competitividad, esa musa esquiva que nos da la espalda, tenemos el paradigmático ejemplo de Estados Unidos. En el ranking de las economías se planta en el número 2 en cuanto a su competitividad, sólo superado por Suiza (se ve que lo de no pagar impuestos aumenta la competitividad). Nosotros, por muchos goles que metan Iniesta o Villa nos encontramos en ell puesto número 34. Ahora bien, ese prodigio macroeconómico que es la tierra de las barras y las estrellas es también un país con casi 40 millones de pobres, que viven de una manera no muy distinta a la de las clases bajas de México, ese hermano conflictivo que vive más allá de Río Grande. Es decir, que ese dinamismo de la economía estadounidense tiene la pega de dejar a un buen porcentaje de los suyos sin cobertura social ni sanitaria.
Desde esta Europa que ha desarrollado el concepto del estado de bienestar (al que a nosotros los ibéricos sólo nos llegaron las migajas) ahora surgen tantos que buscan el modelo americano que la tijera empieza a quemar cortando las leyes que, dicen, anquilosan al mercado.
Al final, se trata de abaratar el despido. Ni más, ni menos. Nosotros, que contamos con un presidente que se hace llamar socialista, ya nos hemos apuntado al carro del despido exprés, aunque sea escudándolo en situaciones de bancarrota empresarial. La pega es que no es sólo la mano de obra barata y flexible (despedible) la que hace a una economía competitiva. Se me ocurren algunas cosas que podrían mejorar la competitividad: la racionalización de los horarios que tenemos (jornada intensiva, joder, no es tan dificil), aumentar la inversión en investigación y desarrollo (presunta promesa electoral incumplida), la creación de otro tipo de incentivos para el trabajo o el aumento de inversión en otro tipo de negocios que se alejen del ladrillo y sus engañifas.
Todo esto viene a que el otro día un funcionario cabreado por su reducción salarial del 5% se nos pegó en la calle con ese entusiasmo idiota de todos los que quieren salvar al país. Yo, que no soy nada productivo porque tengo que meditar durante horas antes de escribir de un tirón todas estas cosas, sólo acerté a decirle que había que incendiarlo todo. Exageraba claro, un incendio no es nada competitivo. Si no, que se lo pregunten a nuestros hermanos griegos, a los que los idiotas liberales llaman pigs, como a nosotros. Qué quereís que os diga. Saboread vuestra incompentitiva imcompetencia disfrutando al sol de una tapa de jamón y un vaso de tinto. Oink. Oink.

Amén Gerardo.
ResponderEliminarEso sí, que un gurpo de funcionarios se plante en mitad de la gran vía, o cualquiera de las aerterias de las ciudades españolas, en legítimo derecho de exigir mejoras salariales, pongamos por ejemplo a los em`pleados de Metro de Madrid, no me parece ni medio normal cuando lo primero que deberían ghacer es acabar con la precariedad que sdufren otros trabajadores mucho más perjudicados. Lo mismo ocurre en el caso de los controladore,s cuántas huelgas de controladores aéreos ghemos tneido que augantar, pero claro sep onen en huelga los trabajadores de tierra de un aeropuerto, que no ganan ni la quinta parte que un controlador (y antes de que nadie diga nada, sí, sé que el controlador está presuntamente más preparado, pero os sorprendería ver el nivel de estudios que tienen los trabajadores de tierra, a los que se les exige a todos por ejemplo un alto nivel de inglés), ellos se ponenen en huelga y ya tienen a todo el personal encima de ellos, desde luego deleznable.
El problema redica en que aquí cada uno sólo se mueve en su propio beneficio sin importarle lo que pueda afectar al que está al lado, ya sabes, homo homini lupus est.
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ResponderEliminarEmpecemos por una generación acomodada rebosante de estulticia y de sueños absurdos incapaz de luchar y menos de salirse del sistema que sus burgueses padres le marcaron, mira que no me gustan estas tribunas cibernéticas pero es que no se puede uno callar, a quemarlo to coño y si no si es que os llego el estado de "estar bien" y por eso nadie hace nada por que está bien y punto. Vivan los controladores aéreos los únicos con dos cojones hoy por hoy.
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