
Hoy juzgan al soldado profesional que apuñaló en el corazón a Carlos Palomino. Fue en un vagón del metro de Madrid en la estación de Legazpi. Carlos iba con sus amigos a una manifestación antifascita, probablemente el soldado fuera a otra convocada por Democracia Nacional, un grupo de extrema derecha. La cámara de vigilancia del metro lo grabó todo. La masa de manifestantes va a entrar en el vagón y el soldado saca su navaja. Tenso, desafiante, deja que entren todos. Uno de los chicos le hace un comentario señalando su sudadera, y el le asesta una puñalada perfecta, rápida y mortal. Con la inercia del choque lo saca del vagón con un brazo. El chico moriría poco después, mientras el agresor, acorralado, toma el vagón- Fuera de él, todos los viajeros lo acorralan. Levanta el brazo, saludo fascista y resiste, como gato panzarriba. Ayer, ante el tribunal, dijo que actuó en defensa propia y que no es fascista. Resulta poco creíble. Parece un asesino terriblemente eficaz, un comando indivdual preparado para matar. Es el nuevo modus operando de los grupos violentos de extrema derecha. Desobediencia total, batalla frontal. Acción directa. En el video, el asesino no se esconde, no se humilla. Asume lo que ha hecho y se defiende feroz y orgullosamente. Es escalofriante. El problema de estos grupos violentos no cabe en esta columna, no se puede hablar de ellos superficialmente. Prefiero no seguir hablándoos de ello.
En el metro de la capital se viven dos millones y medio de historias únicas y a mí sólo me apetece contaros una de ellas. Una historia del metro de Madrid, el mismo que fue escenario de un crimen político.
En la parada de Sol, bajo el centro de la gran ciudad, bajo su oso y su madroño, un violinista anciano toca con solidez un variado repertorio clásico que lee en viejas partituras. Cuando llega al final, su entrañable mujer, se estira de su taburete para pasarle la página, y vuelve a su posición eterna, sonriendo, mirando orgullosa a su marido artista. Y el flujo incesante de Vivaldi o Pachebel continua mientras miles de personas se cruzan frente a ellos en descansillos y escaleras. No hablan. Él toca y ella le pasa las páginas. Una escena de amor, de complicidad, de dulzura en medio de esta locura. Probablemente ellos no hayan visto el video de la muerte Carlos Palomino, ni les importa, porque en las tripas del metro, ellos están juntos, y cuando acabe la partitura se irán juntos a casa. El metro abrirá mañana.
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