martes, 17 de noviembre de 2009

La gota que colma un vaso - 10 de Noviembre de 2009


Estereotipo número veintitrés sobre los madrileños: como gente de horarios marcados y fugaz ritmo de vida, los madrileños padecen de un estrés acumulado mayor del que pueden soportar, pudiendo desencadenar momentos de ira, cabreo, despotrique o violencia verbal pasajera. De nuevo, mis queridos amigos insulares, el estereotipo se ajusta a la realidad, y yo, que soy más madrileño que las Vistillas, y más chulo que un Ocho con jardinera, doy buena fe de ello.
Ayer, la ciudad celebraba una de sus fiestas grandes, la Almudena, llamada así porque fue encontrada balo la al-mudaina, o ciudadela, del entonces enclave andalusí Magerit. Sin ser una virgen de masas como la Pili, la Macarena o la Merce, y siempre como patrona de segundo orden, desbancada por San Isidro, que además era de aquí, los madrileños quieren a la Almudena, porque gracias a ella no curran en todo un día.
Yo, que normalmente trabajo mucho, honraba a la Virgen de nombre árabe como es debido, revolviéndome en la cama con gozo y echando prórrogas de sueño de una noche mal dormida. Debían ser ya las once de la mañana y aún en el delirio del sueño, comencé a escuchar una pertinaz serie de martillazos, que ya no se interrumpió durante media hora.La dulce mañana dedicada a la patrona y a la textura de las sábanas, quedaba rota y yo, que llevo 3 años consecutivos viviendo en edificios en obras, empecé a exasperarme. A diario me despiertan martillos, taladradoras, paletas, gritos entre operarios o la enorme hormigonera que prepara el cemento del nuevo edificio de protección oficial que están construyendo en la esquina. Con el ojo abierto y el gesto torcido, empecé a mascullar contra los obreros y, progresivamente, se me fue calentando el pensamiento.
El proceso de histeria pasajera del estrés urbano había comenzado. Pasados veinte minutos con el machacón concierto de martillo. Agarré la almohada, otra palabra árabe, y empecé a golpearla con los puños. Pasados veinticinco, grité toda clase de juramentos, con la esperanza de ser oído.
Aún no era consciente de todo esto, pero mi cabreo estaba adquiriendo unos límites tan absurdos que empezaba a parecer un prejubilado de la policía nacional. Sin clemencia, el martillo continuaba con sus golpes, con una rítmica viva, como alemana. Harto, estallando así en un estado de indignación máxima, me puse una camiseta, me enfundé las pantuflas, y cogí las llaves de casa.
Bajé las escaleras como alma que lleva el diablo, o mejor, como el diablo. Llegué a la puerta de donde provenían los ruidos. Justo al otro lado, el martillo marcaba el mismo ritmo en la pared. Golpeé con fuerza mis nudillos contra la puerta, que se abrió de inmediato, ya que el percusionista estaba al otro lado.
¿Con el martillito, eh?, pregunté yo.
Si, dijo el tipo, sorprendido.
Aguanto de todo toda la semana. Llevais meses trabajando en esta casa. Nunca digo nada, pero sabes qué?
¿Qué? – me dijo, mostrando un interés sincero.
¡Qué hoy es festivo! ¿Verdad que es festivo? – Hablaba como el sargento de la chaqueta metálica.
Si, es festivo. Confirmó el pobre tipo.
Pues no quiero oír ni un solo golpe de martillo. Haz otra cosa, pero nada de martillos.

Volvía casa y no me acosté porque el pronto me había arrebatado toda esa pereza de festivo. Reflexionándolo, me vi a mi mismo como un gruñón absurdo, nada comprensivo y colérico. Me arrepentí de aquello, por lo que quizás me disculpe, pero disfruté, además de la victoria, de una deliciosa mañana sin escuchar ni un solo golpe de martillo. Pobre tipo, y yo, qué imbécil.

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