
Allá donde se cruzan los caminos de la política nacional y madrileña, con solo tres giros e infinitud de semáforos, uno puede recorrer los tres focos de incendio que tiene el PP de Mariano, excluyendo el Gürtel y demás corruptelas, claro está. Uno está en la puerta del Sol, desde cuyo reloj Aguirre mira a la presidencia que de verdad sueña, la del Gobierno; otro en el Palacio de Correos, donde Gallardón invoca a los espíritus olímpicos para que Esperanza no logre su objetivo y Génova, donde el silencio se ha convertido en la única respuesta posible de Rajoy, que ante tanto conflicto interno se siente desnudo, hueco, acordándose por enésima vez de Aznar, ese padre prejubilado y de férreos abdominales playeros.
Esperanza, reconvertida en una Tatcher sin flema y con un don de gentes más desarrollado, ha pedido la cabeza de Manuel Cobo, el Vicealcalde de Gallardón, como condición para que su excompañero de gabinete, Rato, presida Caja Madrid. Cobo, el ojito derecho del Ruíz Gallardón, es leal tanto a su Alcalde como al presidente del partido, y parece que ambos estén utilizándolo como se usa a los niños, para que digan en su sinceridad lo que otros no se atreven a decir. Hablar mal de Aguirre, la gran esperanza del PP para cuando Rajoy desaparezca del todo en su espiral del silencio supone la muerte pública para cualquier afiliado, más aún si se trata de la misma persona que intentó disputarle la presidencia regional del partido.
Y así, con Caja Madrid en juego, la cuarta entidad financiera más importante del Estado, el PP muestra sus vergüenzas una vez más y Cobo cada vez parece más delgado y enjuto, como si la política fuera moldeando su figura con implacable crueldad.
Gallardón, haciendo honor a su apellido, defiende con la boca pequeña (no tiene otra) a su ayudante, y sortea con su juego de piernas el enfrentamiento directo con Aguirre, porque sabe que lo pierde seguro.
Mariano permanece en su despacho, frente al espejo, ensayando esa sonrisa de circunstancias que pasea cuando le caen encima los marrones y los periodistas le acribillan a preguntas que no sabe o no quiere responder. Más gallego que Fraga, rezando con una vela a Dios y otra al diablo, Rajoy sigue empeñado en mover los hilos en la trastienda, pero el escaparate llama demasiado la atención como para no plantearse soluciones más drásticas.
Por su parte, Esperanza Aguirre exhibe su swing en un campo de golf, o su revés sobre la cancha de tenis, o su destreza al balonmano, mientras su archienemigo Gallardón, con su monótono casco, visita las 1001 zanjas que ha sembrado por Madrid. Los dos refugiados en sus rutinas, como llevan haciendo desde que se odian extraoficialemente, y Mariano que no gobierna ni en su casa y no puede inaugurar nada, aguantando un chaparrón que seguramente no merece. Y Rodrigo Rato, ese epicentro de la polémica, respira aliviado y recuerda, con gozo, que fue a Mariano a quien Aznar eligió como sucesor, y visto con perspectiva le parece una tontería el berrinche que se cogió entonces. El se fue, presidió el FMI, conservó el respeto de los suyos y está fresco. Asume que nunca será presidente del gobierno, pero también sabe que Mariano tampoco y que, probablemente, ni siquiera merece la pena.
De repente Mariano se arma de valor y aterriza en Antena3 y defiende a Rodrigo. Es el mejor candidato posible, y al que no le guste que lo diga. Ha dicho que a Cobo lo sancionará el Comité, no él. Tampoco parece claro que el hecho de que le guste a Rajoy vaya a despejar el camino de Rato. Pero, a fin de cuentas, son amigos, y se debían una.
No hay comentarios:
Publicar un comentario