
El ayuntamiento de Madrid ha desestimado por unanimidad el recurso que la Fundación Francisco Franco había interpuesto con el fin de que se le devolvieran al dictador muerto los honores que le había otorgado la capital. Franco fue alcalde honorario, hijo adoptivo y orgulloso portador de las medallas de oro y de honor de Madrid. Es agradable saber que ninguno de los concejales del ayuntamiento tuvo la vergüenza de apoyar dicho recurso, sobre todo teniendo en cuenta que se hubiera incumplido el artículo 15 de la tan cacareada ley de la memoria histórica.
Franco, ex hijo adoptivo de Madrid, fue el gran lider que los rebeldes nacionales necesitaron en su cruzada contra la república. Frío, calculador, temible en sus campañas africanas, tan religioso como vengativo, como si su mano fuera la del ángel exterminador extendiendo su espada de fuego sobre los enemigos de Dios. Durante toda la dictadura, Madrid se convirtió en el centro único e indiscutible del régimen, en el gran baluarte del Franquismo en España. Fueron los años de la represión y el exhibicionismo obsceno del vencedor sobre el vencido, y esta ciudad pasó a ser, para el resto de los españoles, la atalaya desde la que el tirano miraba amenazante.
Ahora se habla de memoria histórica, de desenterrar la noble calavera de García Lorca y todos los demás asesinados de la Guerra, de quitar los honores a los que creyeron haberlos merecido matando, pero Madrid sigue sufriendo una neurosis por no afrontarse a sí misma. El fantasma de Franco sigue revoloteando por la ciudad, nostalgias aparte, como una parte fea y enmohecida de una ciudad que quiere ser cosmopolita pero no llega, y que ha hecho de la tolerancia indiferencia. Quedan los símbolos más o menos evidentes de 36 años de Franquismo, y quedan más allá de la famosa estatua ecuestre del pequeño general gallego junto a la Castellana, retirada en 2005.
Pero hay otro Madrid que se olvida: el Republicano, el que defendió con uñas y dientes la capital sin suministros, con un hambre atroz y los bombardeos constantes de la temida legión cóndor alemana, a veces con bombas y a veces con pan, una sutil mezcla de guerra brutal y psicológica. En la ciudad universitaria, cerca de donde sobreviven los últimos símbolos del franquismo (su arco de triunfo y su cuartel general del ejército del aire), se libraron las últimas batallas, cruentas por el control de la ciudad. Madrid, se dijo, sería la tumba del fascismo, y bajo el simple pero épico lema de no pasarán, el sueño republicano vivió un poco más. En Marzo del 39, la capital republicana cayó, y el 1 de Abril, comenzó la represión. Unas doscientas ejecuciones diarias de madrileños republicanos, todas firmadas del puño y letra de ese que luego sería nombrado hijo adoptivo.
Despojado de algunos de sus honores, el dictador aún goza del descanso en su mastodóntico mausoleo del Valle de Los Caídos, levantado con la sangre y el sudor de miles de presos políticos del Franquismo. Si Madrid olvida, si no recuerda qué fue antes y después de Franco, nos tendremos que acostumbrar a ver idioteces, como adolescentes levantando el brazo un 20 n o una fundación absurda pidiendo para el tirano su cargo de alcalde honorífico.
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