
Madrid, ese New York imposible y modesto, reproduce a la perfección los pequeños estereotipos que la gran manzana nos ha grabado en nuestro celuloide mental. Aquí la gente también conduce a gritos, o se mata a tiros, o se lo juega todo en la bolsa, o bebe a la puerta de esta. El madrileño estereotípico, como el neoyorquino, es individualista e implacable, tiene prisa y lo hace público constantemente; no se deja engañar ni convencer en su lucha diaria contra sí mismo y contra la ciudad que lo engulle. No dejamos de tener un fondo de nostalgia en ese comportamiento, que al volver a nuestras casas clónicas se convierte, a veces, en tristeza.
También tenemos nuestras esquinas mágicas, nuestros reductos de tranquilidad (si, incluso aquí), nuestros besos esperando al semáforo y las conversaciones espontáneas en el autobús o la cola de la pescadería.
Porque la ciudad también tiene, inevitablemente, sus mitos, porque no dejamos de ser humanos perdidos que necesitan reconstruir una realidad que ha crecido por encima de lo que su punto de vista puede abarcar. Y nuestros héroes y villanos, nuestras leyendas, parecen vivir en un plano separado al nuestro, completamente ajenos a nuestras vidas.
De vez en cuando, en medio de la gris rutina, uno tiene la suerte de estar ahí en el momento justo y ver eso que parecía vedado, eso que parece una historia de fantasía.
A veces esa entrada en el mundo mítico de la gran ciudad, se llame Madrid o Manhattan, es algo tan sencillo como una coincidencia, como sorprenderte a ti mismo cogiendo el mismo taxi que Donald Tramp o escuchar a Sabina cantando entre amigos.
Uno de esos momentos, para mí, llegó un día, subiendo en el ascensor de un centro comercial junto mi madre y mi hermana. Se abrió la puerta y entró un señor bajito y con bigote. Cualquier Señor responde a esas características, pero este era una leyenda que se hacía carne de repente ante mis jóvenes ojos.
José Luis López Vázquez, que seguramente en nuestra memoria siempre estará rodeado por un cabina que no se quiere abrir, por la angustia y la desesperación de un tipo normal encerrado por caprichos del guión. Recuerdo que no pude evitar hacer un chiste aludiendo al mal rollo que daba meterse con este hombre en un espacio cerrado. A lo mejor acabábamos todos encerrados con el preso de ficción más madrileño de todos. Nos miró con ojos cansados, tal vez aburridos de escuchar de refilón siempre los mismos comentarios, como si no hubiese hecho todo lo demás y el actor hubiese quedado también encerrado en la cabina. Se marchó y nosotros reímos sin malicia y pensamos que estaba ya muy mayor.
Ayer moría ese grandísimo actor, un madrileño que se conviritió en leyenda a base de representar a un cualquiera, despertando la empatía de millones de personas, aún más desesperadas por encontrar referentes en unos tiempos bien oscuros.
Ayer, otra leyenda más se hizo inalcanzable. Descansa, José Luis.
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