
En Madrid existe la prostitución, y también está presente en las calles más céntricas de la capital, así como en Barcelona. También se dan esta clase de prácticas en las afueras, al abrigo de los sórdidos polígonos industriales, en las afueras, o en Méndez Álvaro, a diez minutos a pie desde Atocha. La oferta en el siempre pujante mercado del sexo también ofrece infinidad de pisos en todos los distritos donde puede acudir la clientela más vieja del mundo. Y no olvidamos que existen zonas de la Castellana, o Arturo Soria, donde la prostitución alcanza rango de gourmet, y donde precios por serivicio son mayores que el salario mínimo interprofesional
La batalla contra la prostitución que se vive ahora en Barcelona aparece en los grandes medios de comunicación, donde los tertulianos se rasgan las vestiduras afirmando el grave problema social que supone una felación en la vía pública, frente al mercado de la Boquería, donde compra el mismísimo Ferran Adriá. Y tienen razón cuando hablan de las condiciones esclavistas bajo las que muchas mujeres y hombres ejercen esta clase de servicios, pagando a menudo la cuenta pendiente con las mafias que los trajeron aquí.
Entrar a valorar moralmente la prostitución es razonablemente sencillo, pero carece de sentido a la hora de plantear soluciones. Mucho antes de la Cruzada antiputas que está llevando a cabo el Ajuntament de Barcelona se vivió otra en Madrid. Fue hace 5 años y el resultado fue poco esperanzador. Se llamó Plan Montera (en honor a la calle que une la puerta del Sol con Gran Vía, la más putera de Madrid) y consistió en una vigilancia policial constante de la prostitución en la zona centro. Se pedía la documentación a los clientes, se les imponían multas, se les grababa en cámara y se publicaban los datos de las intervenciones policiales. Eran medidas destinadas a disuadir a los clientes, amenazándoles con publicitar sus escarceos.
El plan no sólo no ha conseguido erradicar la prostitución de la céntrica calle, sino que la extendió a varias adyacentes, complicando aún más las tensiones vecinales. El plan de la Concejala Ana Botella incluía un minisueldo acompañado de trabajos deleznables para aquellas mujeres que quisieran dejar la calle. Fueron pocas, bien porque no pudieron o porque la medida no era sino un parche.
Y entretanto el sexo sigue ganando cuota de mercado en Madrid, y en Barcelona, y en cada pequeña localidad de ínsulas y península y, de repente, me sorprendo escuchando a Esperanza Aguirre, que ayer volvió a decir ella siempre ha creído que la prostitución debería estar regulada y que todo lo demás es ser hipócrita. Impresionado por estar de acuerdo, por una vez, con la Presidenta, pienso que cotizando, contribuyendo a la seguridad social, con mayores controles de sanidad y con espacios específicos para desarrollar sus actividades, la vida de los profesionales del sexo sería un poco menos puta.
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